Alice in der land

Alice in der land

domingo, 3 de febrero de 2008

God doesn't trust in me, either.

Se despertó con el sabor del alba sobre sus dedos. La cama desnuda, abrazando el suicidio de la noche pasada. ¿Se puede morir en un sueño? Allí dónde lo abrazaba a él, dónde decidía que las almas se vayan juntas, ahí cuando te despertás y das una bocanada de oxígeno, impávida por anonado, de saberse viva y tocando su piel, su respiración sobre el propio cabello y no haber muerto aquella noche, antes de saber que él era él.

¿Creer en el derecho al suicidio? Suicidándonos por alguien, entonces, ¿por qué no vivir para alguien? Fusiones, tantas veces en físico-química y entenderlas del modo más relativista, pero el único que se siente real.

Dos cuerpos o las sábanas, el aroma a piel y el sueño del infierno, el propio infierno forjado en el cielo, la crueldad de la perfección y el sabor del oxígeno cuando besamos el recuerdo.

Así, como perderse en la obscuridad de una calle luminosa, meterse en aquél recoveco y soñar en violar una casa hasta sentir que se tiene una y ahora no importa, ni la oniria ni vivir un sueño.

Ni haber soñado esto.

Ahora todo es más real.

(y los ángeles no merecen morir)

domingo, 30 de diciembre de 2007

Sentirte y el miedo a caer embelezada en el instante (melting) o un fuego que al infinito dispara los gemidos que reclaman volver.

(Ellos se visten y vuelven a ser lo que no son: no porque no lo sean, de solo mirarse se quedan espejados, definidos en las coordenadas inexistentes de una respiración que consumió el cuerpo.

Y a veces el silencio, pero siempre presente: a veces te encuentro.

adentro

lunes, 8 de octubre de 2007

Mom don't call me

“Mom, don’t call me” –se said.

El sonido pendular del reloj dando la hora exacta. El aire a anís o solvente. Aspirando aroma a Davinoff. Subir sus medias de red, el escote que atestigua turcos deseos de las miradas que en paranoia iban buscando los gemidos. Alcohol en sus venas: Novecento. Labial amatista. Rimel de Revlon. Su boca entreabierta, jugueteando con la respiración que no estaría mañana porque él la espera puntual pero ella siempre llega tarde. Cortesía, dice.

Salir a una hora inexacta porque el tiempo nunca importa demasiado. Es una de esas pocas cosas que se siente como traspasando la ráfaga de viento que da un dejo de promiscuidad a su rostro: el cabello cayendo sobre su boca, la lengua palpando el intricado sabor amargo. No es solamente por el pelo, sino porque su último cliente disparó exhalando sobre sus senos descubiertos.

Amanda, se llamaba Amanda para la altura de este texto.

Salía por la noche, quizás fue una gota de cianuro en el Blue Curassao o un disparo mudo sobre el silencio de esa noche luego de los gemidos quebrando la luz tenue de Buenos Aires cuatro am. Solo sabía que al levantarse los gemidos de Amanda eran el reloj de una iglesia dando las últimas campanadas. Las aves volando en sus aladas blanquecinas libertades en búsqueda de escapar del exacto momento en el que el vuelo quiebra la ráfaga en el pelo de Amanda.

Sin sangrar. Los ángeles no tienen sangre pero tampoco levantan vuelo por encima de Dios.

Él sabía. Ella sabía. El infierno o el paraíso eran rojos, ambos dos o la última mirada que acababa con el líquido de la gamabutirolactona sobresaliendo el deseo.

Los ojos desorbitados de Amanda y el cuerpo reviviendo blancas pieles impregnadas del nombre fantasía o perecedero silencio del reloj que ya no habría de dar las 12. Esposas, muñecas, esposas que podrían ser muñecas o brazos encarcelados y cinceles sobre el cuadro desmontado de montar a Amanda mientras ella, ficticiamente, gime y sus garras rojas penetran a Dios y la respiración se acaba y continúa bombeando la sangre, silenciando las rosas que se clavan en su pecho y bebiendo el elixir en las paredes rosáceas que acuñan su nombre.

Suena el reloj del cementerio, el cadáver vestido de negra gasa, azulados cabellos, rojos labios, muerto nombre. Podría ser el final de una novela o tal vez presidiario necrofilico-morbo-cuerpo-sexo-tiempo fruto del destino final.

También podría ser Amanda amamantando con cianuro y sus pechos rebosantes aniquilando el semen de él dentro de su cuerpo muerto.

O quizás solo un sueño y ella muerta hasta que camine sobre sus párpados para besarlo y decirle que llore las caricias en celo.

Se da vuelta cuando amanece y el aroma a perfume deja el estigma de una noche de sexo. Descuartiza el cuerpo. Mira el frasco. Aún hay una última gota en tu sangre corroyendo tus cabellos. Penetrar el cuerpo tieso. Mirar el silencio.

viernes, 5 de octubre de 2007

Carnes de muerte,

Girones de ella.


Virginidad estancada detrás de un himen,

Si no la penetran dedos entonces sino.


Un gemido cortado,

Abrir y cerrar las hojas,

Batir y secar las alas.


Leer agujeros,

Cuadros circulares,

Cuadernos numéricos.


Íntegros lunares: enteros de partes de sexo.


Besar las uñas que desgarran dentro,

El esmalte desnuda las caricias safistas: las gatas en celo.


Entonces penetrar, desangrar, desgarrar, acabar a morir, morir para acabar, suicidarse en el éxtasis o del éxtasis su suicidar, para revocar los nombres (¿qué importan los nombres?)


Ahora todo se condensó en gemidos.

Más o menos como morir.

Casi idéntico a matar.

lunes, 1 de octubre de 2007

Deshoras

Despertar,

Desencadenando clandestinidades del pensar,

En relieve a tu figura,

Apogeo de tus ojos y plasmar,

Solo el espacio que nos separa.

La mano recorriendo el rostro del recuerdo,

Sentir dubitativo el sentir,

Pasos acerca del deseo,

O vientres extasiando prohibiciones:

tus labios sobre mis miedos.

Exactamente así.

Exactamente tan exacto.

Tu piel a desnombre y el sexo a deshoras.

Mortalizar las caricias:

Terminan aquí,

Cuando mis uñas rojas.

Destronar los miedos:

Empiezan aquí,

Dónde tu voz en mis versos,

Para que no haya explícitos sobre el silencio,

Para no nombrarte en poesías,

Para no tocar los recuerdos.

Cualesquieras censurados,

En mi exhalar sobre el tiempo.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Welcome to hell.

Por qué las alas se le habían hecho pájaro y había echado a volar, por los disturbios de toda la ciudad, anclada en la clandestinidad de una pequeña ventanita abierta. Los gritos de fondo y no balbucear nada porque entonces no hay palabras. Solo piar. O ir, sigilosamente, con las pezuñas clavadas en el marco de la ventanita y las alas, aquel accionar de un botón o lo mecánico y entonces el industrial palacio católico y escapar de Dios o algo así.

Pero despertarse en la pesadilla.

Grita la señora del tercer piso y dan ganas de tomarla con el pico, desgarrar sus entrañas, ver como se desangra sobre los azulejos de su cocina, el aroma a sangre y guiso de roast beef. El aroma a muerte y puré recién horneado. El aroma a ave que aún vuela los sueños.

Entonces el colectivo.

Subir, por ahí y el trayecto no es el mismo. O apretar el botón de salida, ese sabor a saliva alcoholizada, ese sabor a saliva y ungüento de beso, entremezclado con la cal y el polvo católico y escapar de Dios.

Porque es ahí, exactamente ahí, en dónde vive en este segundo sin saber si los demonios fueron un sueño o la realidad. Es ahí, entonces dónde, que le jura su propia voz que fue un sueño, pero ella vio al edificio, en el vuelo de vuelta al vuelo, el industrial-mecánico católico y Dios que la azotaba con cadenas en su alada noche.

Todo el pasado borrado o quién sabe si el recuerdo, si el alcohol se entremezcla con los sueños, si no es más que una cifra en sangre, o las alas sangrando las cadenas porque lo jura por Dios que escapó de Dios, que esa noche renació porque habría muerto ahí, dónde imaginaba un cuándo, dónde fue mañana, cuándo fue ese lugar, dentro de la oniria pero escapando de ella, cuando lo jura por Dios que escapó de Dios y ahora escucha puros demonios, esos que la miraban ayer –pero era mi casa-

(pero era mi casa)

Entonces se incrustan en la memoria-miradas de clavos clavados de caldo de pollo de anoche en octubre cuando es septiembre y los versos leídos de ella cuando era la esposa del difunto escritor, cuando el difunto y ella no habían nacido, cuando los pájaros se convertían en alas: y viceversa.

Viceversa porque escapó de Dios y se metió en la pesadilla: despertar.

Abrir los ojos, piar en la mente, contestar idioma-lectura-oniria-chillido antropofágico de almorzar a la imbécil del tercer piso.

Un día: así. Una noche: de esa manera. Una tarde: sigo dormida.

No es que no abrí los ojos. Lo hice pero la saliva aún está pegajosa y Dios me persigue en la almohada. El macabro dolor de espalda (ahí dónde están las alas escondidas) cortar plumas con la navaja, volverlas a pegar con mi encolada saliva, lamer la mano gata-escondida, jugar a balbucear en mi cabeza: da la media vuelta, toca el cascabel, mírenme señores comien-do pas-tel. A ver. A ver. A ver. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, toma el amuleto en manos de anaquel.

Porque ahora es niña, porque siempre fue niña y el sabor del puré-sangre es delicioso, es aquella ave que escapó de Dios, cortando las entrañas de una imbécil, oniria plasmada pegada disuelta censurada acaba de merecer un espacio en el diccionario de la locura: muy bien, jura que fue un pájaro.

El pasajero se da cuenta de que algo no anda bien.

No suena el timbre.

Pasa por aquel industrial-catolicismo-mecánico y Dios le sonríe.

Siente nauseas.

Se toca la espalda: no hay alas.

Y en cada mirada de aquellos, demonios que la persiguen y Dios que hostiga desde un autobús, la puerta no abre y final del recorrido, posa sus garras rojas en el marco de la ventana, mira la libertad de lejos y le sonríe un dama.

Cae una pluma.

El humo de alguna fábrica.

Y Dios es la mujer que acaba de subir al colectivo: exactamente cuando ella no puede bajar, exactamente ahora, exactamente tan exacto que estoy escribiendo que escapé de Dios, pero está ahí en la almohada, macabro mirar miedo premisas de la noche que desvelará la alucinación.

Mientras tanto, ceno su sangre.

Y he de ser una persona pagana, en congojas con el vacío de sin-amo y Dios aún así ha hablado que me mataría en vuelo. Mientras tanto: ceno su sangre. Luego: encojo mis alas.

Me elevo suave, sustrato uniforme de masa de cielo. Tormentosamente espesa. Repudio la risa de mis congéneres.

La puerta no se abre.

Maldito seas.

¿Quién?

Aquel, porque ahora la entrada al infierno.

Y se oye una voz en la eléctrica industrial. Al borde del abismo, el precipicio de volar, en principio, con alas retorcidas.

Repudio el llanto de mis congéneres.

Miro al suelo. Cielo o tierra o monte inmerso en agua. El fuego que no está.

Ahora Dios se suicida.

Sonrío.

Extiendo las alas.

Babeo la almohada.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Este título podría perfectamente ser de él.

El mundo –qué no es nuestro- castiga las libertades mundanas.

Una en mano

(Mil en pies desnudos)

El arte de besar en pasos la arena húmeda en la que se hunden los recuerdos.

(la estela mudae en que amanece, atestigua besar)