Alice in der land

Alice in der land

sábado, 19 de mayo de 2007

Old Fashioned E-Motion (Van en guardia)

El sol no penetra las rejas de mi ventana,

La noche en penumbras, aún sin amaneceres,
Podría haber caminado pero me sumí en el insomnio…

Ojos negros que solo piensan en la calle vacía,
Ojos negros que vuelven a ver esos caminos y caminar esta noche atrayente,
Casas vacías por ser pobladas,
Casas sin nombres,
Humanos que me desconocen,

Timbres que toco eternamente, suelos que piso,
Sueños que vuelo….

Maldita noche que no es eterna,
Mañana el sol quemará mi sonrisa y
¿Importarán los ojos vacíos?

Bussines is not distribuyed to the exterior;
Ella en su llanto sola en su habitación y yo en el mío.

La veo llorando acostada en la cama,
Leo mis letras y la veo escribiéndola,

La calle en silencio y yo sabiendo que mi piel se seca,
Sueños que amenazan con morirme eternamente,
Sueños que me hacen vivir,

Obsesiones que solo logran hacerme caminar calles vacías,

Manos que tocan caricias que se fueron,
Ellas llorando a la almohada
¿Cómo decirles?
Yo también lloro a mi almohada que hoy no sueña:
Hoy, oniria eterna de las obsesiones: carne de nada, frita, masacrada, carcomida, coagulada.

(envoltorio, fucking, perfecto, a un costado, acostado, casi, muerto, etcétera)

Body.

Girando verbalmente, como si fuera a provocar un encuentro,
Su mente girando reverbera,
Verborragia se esfuma.

Girando sobre sus pasos,
Pasos que aminoran el segundo,
Un pie sobre el otro,
Una palabra sobre la otra y
silencio.

Ocaso apesadumbrado por el silencio.
Ni siquiera un grito de corrupción de la angustia,
Tirado a un costado,
Gimiendo despacio,
Gritando fuertemente las palabras sobre los pasos,
Los pasos que se acrecientas y no aminoran el ritmo,
Suavemente el ritmo que golpea,
Los golpes sobre la marea que dejan en la escollera,
Sufragantes barcos a las luces del faro,

La luz que ilumina los pasos sobre la estela,
La playa y ella tendida,
Desnuda,
Mientras los pasos desdibujan su silueta.

Another Brick in the Memory (D.A.D)

El ruido, suavemente empieza a incrementar

Alrededor del ocreano, se deja solo una memoria
Las manos y una caricia
Dehame esa marca para mí
Dejate atrás para mí
Solo fue un recuerdo en la mente
Solo fueron recuerdos en la mente

No necesitamos de esto
No necesitamos control de la mente

Ningun saarcasmo de clase
Please let the childrens flow

Sonidos que gritan
Let the children flow

Solo fue un recuerdo en la mente
Solo, fue otro recuerdo en la mente

No necesito de esto,
No necesito del control,

Ningún sacarcasmo de esta clase,
Dejame sola, para seguir sola,

Hey, let the children flow
Uno a uno solo es, un recuerdo en la mente.

Cómo si la música empancipara toda esa agonía, las gitarras difusas, las melancólicas gitarras de ira, gritando en los tonos un recuerdo estúpido de lo que pudo haber sido, canturreando una compleja sátira de vida.

Volviendo.

Gritando.

Exclamando acorde.

No necesito nada de esto alrrededor mío.
No necesito que nada de esto me aclame.
Tu silencio, montado al recuerdo,
Para volver desnuda a todo,

No,
No necesito nada de nada.

Uno a uno solo fue, un momento en la mente,
Uno a uno solo fueron, recuerdos en la mente.

Va bajando, aminorando lentamente el difuso tono de la ira,

Adiós, mundo cruel,
Me estoy yendo hoy,
Adiós,
Adiós,

Adiós a todos ustedes,
No hay nada que puedan decir,
Para cambiar esta mente,

Good bye,
The end.

viernes, 18 de mayo de 2007

Total eclipse of the letters.

Un buen libro se lee a la luz de la luna.
Especialmente ella, que sabe que cuando sueña la refleja y escribe lo que va a leer.

Un punto, después de una de esas reflexiones qué muy bien no entiende.
-Hace mucho que no te veo –le dice.
-¿Será llena? –le pregunta.

Un punto, otro punto y otra vez al encuentro con la almohada, refljeándose en esa luz que es ajena, en esa luz que ilumina el sopor onírico, esos lugares que están en otro lugar del imaginario que dejará de ser imaginario años después.
Como incomprendido ahora, la luna que la refleja y no ve. Ahora no puede ver lo que verá, o lo verá como…
-Quiero ir al cine –dice, entre sus balbuceos caprichosos cotideanos.

Algo mullido la invita a pasar.
-Pase, señorita –Sofía para usted, replica.
Y pasa y se pregunta si quizás esto también será un sueño, escribir sobre un sueño, porque, porque…

-Soñar es como escribir, ¿vió? Como conversar contra nuestro reflejo omnibulando la conciencia y despertándola de a poco, como el humo del primer cigarro, entrando despacio por la puerta del cine, que no se puede ver cada noche, no hay libertad, no la hay –le dice.

¿A quién le dice?
Quizás vuelva a repetir esta conversación o quizás esté sucediendo, en este momento o en otro momento de otra persona. Por eso luego lee y se sorprende de leer sus palabras en boca de otro.

-¡Maldita sea! Alguien lo penso antes… -dice compungida.
-Pero es el conciente colectivo –le responde tranquilizándola, con una mano en su mejilla, como si comprendiera más que ella que no comprende lo que otros tampoco comprenden.

Comienzan a caer las lágrimas por sus mejillas. Repite el discurso que fue de otro, la filosofía ajena que ahora es de todos y ella la pensó antes de pensarla.

Él, le da un pañuelo. Un pañuelo que se empieza a endurecer y toma formas, se alinea, se dobla mientras ella lo desdobla y lee: No hay diagnóstico.

Mira a los astros. Piensa en los viajeros que también los miraron y pensaron en ella pensándolos.

-Sofía, basta de lo mismo –le dice él.

Pero ella sigue, entre lágrimas que dejan de ser lágrimas, personas que dejan de ser cocodrilos y ahora son escritores, que escriben lo antes pensado, que piensan lo que vendrán a pensar otros, que leen lo que otros leerán sorprendidos, de haberle dicho a Sofía basta, basta de viajes, volvé a poner los pies sobre la tierra de una vez.

Le dicen.

Y escriben un punto, quedando eclipsados para siempre entre estas letras, cuando no ven los astros, cuando no ven la luna, cuando ellos más bien los observan, como riendo de a poco, como volviendo a lo mismo,

Como otra vuelta de tuerca.

Punto.

jueves, 17 de mayo de 2007

The Return to Oz (Delirium and Silence II)

Tal vez rememorando ese instante, perdió la noción del tiempo y a otra cosa.
El tiempo era una noción, un recuerdo que tuvo otro.
La fatiga de que no pase. ¿Y si pasaba? Pase, al otro mundo.

Hubiera sido un infierno, porque ella no sentía frío al no llegar tarde.
Ella solo sentía. Sus pensamientos, al borde de la respiración. Sus pensamientos más rápido que esa respiración que sabe se da cada tantos segundos y, en un segundo, ya no se daba nada porque tampoco sentía su cuerpo.

El sol se había congelado para siempre. No pasaba. Ahora volvía ahí. Ahora no, no hubiera habido ahora cuando no hubiese tiempo. Ahora volvía a dónde podría haber sido Oz, pero todo estaba congelado. La gente se había convertido en estatuas.
Si tan solo un extraño cantara la canción de los sueños de otro. Y, quién sabe, la hubiera cantado, cuando sí había tiempos, en otros mundos de Oz.

La que poseyó todo no fue una bruja. No. La bruja fue el tiempo, el tiempo que tomó a la percepción y la masacró. El caos de la creación.
Supongamos que por un insante, supongamos que por ese tiempo, no hubiera habido tiempo. Supongamos que por un insante nos hubieramos detenido. Allí, al borde de la creación.
En ese insante en paralelo, porque, todavía seguía Oz, en el consciente colectivo.
Pero ella se había disociado. Ahora su mundo comprendía ese mundo. El reloj no era un reloj sinó el asesino del espacio-tiempo. El reloj tomaba formas, vidas, figuraciones. Se iba de sí.

Ahora no había ahoras. Ahora era tan solo una palabra en la amenesia del tiempo.

Había caminado quién sabe cuantas leguas, porque es así, sin tiempo los zapatos solo se rompen con el paso de algo, no se sabe muy bien qué, se cree que el paso de un mundo al otro, que se da en un punto en el que hay una nada, un punto en el que se anula todo menos la conciencia. Somos concientes cuando hay un trayecto, dos puntos de una línea, pero ahora no lo había.
¿Tampoco habría conciencia? Quién sabe, la conciencia elude al tiempo, es más bien un back al punto 0.

La gente no tenía relojes porque la gente dejaba de ser gente. Ahora eran estatuas en un mundo en simultáneo, en el que pasaba todo a sus ojos en los que no pasaba nada, porque los maniquíes se movian, las siluetas aparecían y desaparecían en esa nulidad profunda, detrás de su respiración que ya no sentía, porque en Oz no se siente una viva. Una es un Ser. Una es. Una no está. Solo es.

Ser, atemporal.

Entonces se dió cuenta. Habían masacrado a Oz. Estaba disociada de Oz. Estaba lejos de allí. Había llegado en donde antes de Oz. Había llegado al punto de la existencia, ahí en donde debería de comenzar todo a crearse, a alinearse y tomar forma, pero ¿cómo comenzar sin un comienzo?

Porque no había tampoco preguntas.

Se encontró con ese lugar. Sintió que allí había gente que sí había estado en Oz. Espiritus desaparecidos, que jamás habían vuelto.

Pero fue así como entonces, ella creyó que volvía, entre gritos desgarrados de desesperación, inyecciones y llanto frustrado de no seguir hacia delante cuando ya no había trayectos.

Creyó que volvía hasta que le dijeron que habían pasado tan solo quince días.

Sintió que esta vez sí, volvía a antes que Oz, porque no, no había percepción del tiempo, quince días habían sido un infinito y su cuerpo, fatigado, reclamaba voluptuoso la vuelta del reloj que deshizo, buscando las horas.

Ahora, es demasiado tarde para convencerla de que ese mundo es un delirio.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Nutrición de la inspiración. J. Cortazar, ojalá te conociera, mi vida...

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

martes, 15 de mayo de 2007

Cat Walk

Sumisa,
Sobriagada por la perturbante caricia lejana,
Dispersa entre los pétalos versados.
Se levantó, fue hasta el fuego a calentarse.

Silencio.
Su cuerpo monta la industrial pasividad,
Agresividad atenuada por su mente besando la nada,
Nada sobre sus susurros,
Palabras perdidas al aire.

Camuflando instantes,
No puede decir que no, excepto a él,
Para que la música subyuge sus fantasías y comenzar a rozarlo en versos,
Los roces, a la caída del murmullo,
Los murmullos en su mente,
El piano de fondo,
Los teclados dispersos,
La continuidad de los sonidos embriagados,
La rapidéz de los trazos,
Atenúen la agresividad, les susurra entre dientes,

Las caricias que dejan de ser caricias,
Las manos que ahora desgarran la asfixia,
La gata maullándole la negación ficticia.