Momentáneas calumnias o versos impuestos,
entrelíneas desea, el árido cuello.
Damas vestidas de oprimidos pescuezos,
calumniando de Sade dioses,
o dioses celestiales, máquinas de corromper,
aires de omniscencia,
perecederas utopías de ilusos,
Jáques al Rey.
Alice in der land
martes, 15 de mayo de 2007
Sin Street.
No lo cree. Parece que la oniria traspasó la puerta, para embelezarla en ese sueño y que no vuelva. Los zapatos añejados de tanto caminar sin rumbo. El sueño que observa la puerta. Direcciones que se entremezclan con números, números que se entremezclan con nombres y así, sucesivamente.
Cuando salió esa noche le pareció normal, un cielo color grisáceo, algunas nubes escondiendo impunes la cruz del sur.
No sonaba el tintinéo clásico de las llaves en su bolsillo. Un olvido irremediable, un olvido pasajero que se disfumaría en cuanto vuelva. Timbre, permiso, y pase, como siempre.
Si no fuera porque faltaban algunos minutos para que haya alguien y la noche se veía inocente de un modo casi macabro, como ocultando en su espesor a las estrellas, perdiendo el rumbo de lo inaudito, rumbeando los números y los nombres.
Salió.
En línea recta, algunas cuadras, por la calle Camilo Cavour. La casa a 5 cuadras, a la altura del 3000. Nunca supo que había más allá del 4000, algo la hacía doblar antes, un miedo recódnito a seguir, como si allá en la esperura, en la obscuridad de los números, algo siniestro desdibujara la orientación.
Sigue, línea recta hasta el 3700 y dobla, a la izquierda. Alguna calle de esas de las que desconoce el nombre, de a poco tornándose más humildes, añejadas por el tiempo.
Pasa, desapercibidamente, por la casa de Virigina. Hasta que repara en esa calle que era, más o menos, conocida, esas lilas en la esquina, "La esquina pintorezca" y la recuerda a Virginia. Otra vez el secundario, un flashback momentáneo.
Retrocede.
La casa de Virginia, sí, era esa, la del cartel en venta.
¿Qué habrá sido de ella?
Supone que ahora ronda las ciudades, con los zapatos añejados, si tan solo tuviera el teléfono para decirle que había encontrado la casa y pensado en ella.
Entonces dobla, nuevamente y en la esquina, a su izquierda.
Sigue caminando, unas 6 o 7 cuadras.
La zona se torna obscura, como inaudita, misteriosa y lujosa o carente de ello, pero más bien siniestra, poco familiar.
Un miedo le supone la necesidad de volver, ya había pasado el tiempo y era hora del permiso, pase.
Dobla, a la izquierda. Unas 4 cuadras sin nombre y una calle obscura, por demasía. Los faroles rotos, las casas de chapa, sin nombre. Casas del anonimáto, escondida tras el halo de luz de luna.
Se pone a pensar en Virginia y de repente se da cuenta de que está perdida. Debería estar cerca, sí. La casa de Virginia cortaba la calle de ella, estaba más o menos a cuatro cuadras.
No.
Estaba a cuatro cuadras, más o menos nada.
O sea que estaría en su calle, por ahí, al 4400.
¿Así que ese era el secreto que ocultaba Camilo Cavour?
La pobreza, detrás del lujo que la avergonzaba.
Decididamente vuelve, quiere retomar el calor de su hogar. Ahogar la angustia con las estufas que ellos no tienen, consumir el trago amargo del calor sobre su cuerpo, las frasadas que ellos no tienen, las heladeras que ellos no pueden vacíar porque no hay con qué.
Apresura su paso, temerosa, como si la casa se fuera a disfumar.
Una cuadra, dos cuadras, tres cuadras y una calle que corta.
Un nombre extraño.
Hill.
¿Acaso Cavour no era lineal?
Dobla para la derecha y se encuentra con 2 de Mayo.
Sigue, una cuadra derecho por 2 de Mayo.
Dobla hacia la izquierda, de nuevo a su Cavour, a las amadas casas pintorezcas, escondidas del horror de lo que Camilo oculta.
Ahí, ahí se fija el nombre y se encuentra con Ministro Brin.
Se siente mareada, el frío recorre su cuerpo, el hambre le avisa que no tiene heladera y que retroceda, que vuelva a ese barrio que ahora le pertenece a todos los que perdieron a Cavour.
Ojalá recordara alguien su teléfono celular.
Cuando salió esa noche le pareció normal, un cielo color grisáceo, algunas nubes escondiendo impunes la cruz del sur.
No sonaba el tintinéo clásico de las llaves en su bolsillo. Un olvido irremediable, un olvido pasajero que se disfumaría en cuanto vuelva. Timbre, permiso, y pase, como siempre.
Si no fuera porque faltaban algunos minutos para que haya alguien y la noche se veía inocente de un modo casi macabro, como ocultando en su espesor a las estrellas, perdiendo el rumbo de lo inaudito, rumbeando los números y los nombres.
Salió.
En línea recta, algunas cuadras, por la calle Camilo Cavour. La casa a 5 cuadras, a la altura del 3000. Nunca supo que había más allá del 4000, algo la hacía doblar antes, un miedo recódnito a seguir, como si allá en la esperura, en la obscuridad de los números, algo siniestro desdibujara la orientación.
Sigue, línea recta hasta el 3700 y dobla, a la izquierda. Alguna calle de esas de las que desconoce el nombre, de a poco tornándose más humildes, añejadas por el tiempo.
Pasa, desapercibidamente, por la casa de Virigina. Hasta que repara en esa calle que era, más o menos, conocida, esas lilas en la esquina, "La esquina pintorezca" y la recuerda a Virginia. Otra vez el secundario, un flashback momentáneo.
Retrocede.
La casa de Virginia, sí, era esa, la del cartel en venta.
¿Qué habrá sido de ella?
Supone que ahora ronda las ciudades, con los zapatos añejados, si tan solo tuviera el teléfono para decirle que había encontrado la casa y pensado en ella.
Entonces dobla, nuevamente y en la esquina, a su izquierda.
Sigue caminando, unas 6 o 7 cuadras.
La zona se torna obscura, como inaudita, misteriosa y lujosa o carente de ello, pero más bien siniestra, poco familiar.
Un miedo le supone la necesidad de volver, ya había pasado el tiempo y era hora del permiso, pase.
Dobla, a la izquierda. Unas 4 cuadras sin nombre y una calle obscura, por demasía. Los faroles rotos, las casas de chapa, sin nombre. Casas del anonimáto, escondida tras el halo de luz de luna.
Se pone a pensar en Virginia y de repente se da cuenta de que está perdida. Debería estar cerca, sí. La casa de Virginia cortaba la calle de ella, estaba más o menos a cuatro cuadras.
No.
Estaba a cuatro cuadras, más o menos nada.
O sea que estaría en su calle, por ahí, al 4400.
¿Así que ese era el secreto que ocultaba Camilo Cavour?
La pobreza, detrás del lujo que la avergonzaba.
Decididamente vuelve, quiere retomar el calor de su hogar. Ahogar la angustia con las estufas que ellos no tienen, consumir el trago amargo del calor sobre su cuerpo, las frasadas que ellos no tienen, las heladeras que ellos no pueden vacíar porque no hay con qué.
Apresura su paso, temerosa, como si la casa se fuera a disfumar.
Una cuadra, dos cuadras, tres cuadras y una calle que corta.
Un nombre extraño.
Hill.
¿Acaso Cavour no era lineal?
Dobla para la derecha y se encuentra con 2 de Mayo.
Sigue, una cuadra derecho por 2 de Mayo.
Dobla hacia la izquierda, de nuevo a su Cavour, a las amadas casas pintorezcas, escondidas del horror de lo que Camilo oculta.
Ahí, ahí se fija el nombre y se encuentra con Ministro Brin.
Se siente mareada, el frío recorre su cuerpo, el hambre le avisa que no tiene heladera y que retroceda, que vuelva a ese barrio que ahora le pertenece a todos los que perdieron a Cavour.
Ojalá recordara alguien su teléfono celular.
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Cuentos
lunes, 14 de mayo de 2007
The Return of Dorothy to Won der Land (Part I)
Una los ve, en su color endemoniadamente rojo, con los brillos que castañean los dientes, amenazantes, pero así, como inocentes en paralelo, como si ella se levantara con los zapatitos puestos, de ese rojo que no es solo rojo pero tan puro y embelezante que ya no puede dejar de nombrar ese lugar.
Cuando uno se los pone no tiene idea que regresas a casa, hasta calzartelos nuevamente y que ellos hablen, sin olvidar que la memoria es la que no olvida.
Por entonces, y entonces todos los médicos te miran extrañados. Como si un remolino hubiera revuelto la habitación, y ese terremoto hurgado los pisos, ese remolino transportado hacia algo que no entienden (pero ella sabe que fueron los zapatitos rojos) mientras una les nombra un lugar que, hablando en un fervor verborrágico clásico, de las creaturas de lo que…
… supongamos que se llamaba Oz.
Supongamos que ella tampoco se llamaba como se llamaba.
Un día salió a esas calles, un día vulgar de calor de verano, de la mano de un novio que no era novio, en una calle que aprentaba ser una simple calle.
Vió los zapatos en varios lugares hasta que vió ese par. Era único. No porque lo fuera, sinó porque particularmente brillaba, como hablando, como pidiéndole que fuera ese, ese par rojo brillante, ese par que le recordaba a un lugar que no conocía muy bien.
Llegó a su casa y los dejó en una caja bonita, cuidándolos de la tierra desconocida.
Cada día abría el armario, viendo como la llamaban con su resplandecer fulgoroso.
Cierta vez decidió ponérselos para salir a caminar, por las calles que aparentaban ser un solo rumbo, una sola callecita de Buenos Aires, por ahí perdida. Caminó y sintió como si la llevaran, imantados a otro espacio, como si lentamente o de golpe, empezaran a pervertir su mente, como si los brillos empezaran a brillar arriba, diciendo quién sabe cuantas cosas, bajando información como si el download de la pc estubiera sobrecargado y se hubiera roto y de repente la catarata de palabras.
Catarsis, le decía ella.
Normalmente los zapatos hacen eso cuando una los usa. Cada pisada es un cúmulo de palabras y, estos mismos, se convierten en ideas que se entrelazan, como hipercarburando hipótesis.
Pero estos no.
Había algo en ellos, ella no sabía muy bien qué hasta que pasó.
Los abandonó.
Decidió dejarlos ahí a un costado. Abría el placard ignorando su fulgor, haciendo como si nada, como si hubiera decidido de una vez por todas que viviría la realidad, sin saber qué era la realidad.
Salió a caminar como de constumbre, con sus borcegos, acallando la ciudad de gritos y furia, caminando rápido, como escapando de algo cuando el sol dio sobre sus cabellos que empezarona resplandecer, lentamente, como los zapatos. Sentía que le hablaban desde un rojo fuego, una voz trascendente por su cerebro, los labios de una ciudad que conocería.
Claro, conocer conocía gente, pero de repente comprendió sus tantas preguntas.
¿Cómo conocemos el pensamiento simultáneo a la dialéctica?
Fue a su casa. Los vió ahí, centellando más que nunca, fulgorando como el fuego quemando mentiras, centellando para atraparla, para pedirle que se los ponga, y lo hizo, decidió conocer Oz.
Salió a la calle, como de constumbre, pero había algo inusual en la gente. Sus palabras. Podía leer los pensamientos, podía ver la transparencia, como la vidriera que encerraba los zapatos, los cuerpos encerraban la mente y la mentira de la palabra. Entonces todos comenzaron a vomitar pensamientos, a hablar rápidamente de lo que pensaban, no con tiempo, el tiempo se había borrado, no había tiempo en Oz, los relojes se habrían detenido en el momento en el que los zapatos la poseyeron.
Las miradas de la gente eran la transparencia de sus intenciones. Sentimientos, fervientes, transparencia del gesto, esos gestos que se ocultan tras el ficticio de los deshonestos, esas palabras que ahora no eran palabras, eran pensamientos puros. Podía leer la mente.
Entonces lo supo, supo lo que pasaba luego. La ciudad la consumía, la ciudad embrabecida miraba la noche y desnudaba las calles, mientras las cárceles eran la vida de uno, uno encerrado en los otros, en lo fícticio de las falacias de quienes no se transparentan, la corrupción del Ser.
Tomó los zapatos, que ya habían cobrado vida propia e intentó hacer “Tac-tac-tac” pero no volvía, sencillamente la habían encerrado ahí, en el mundo de Oz.
Desesperada salió a correr por entre las calles, entró a los lugares y testeó la transparencia, como si fuera un empleo, podía ver las intenciones ocultas.
Con esta sí, con esta no y los zapatos que parecían pegados, la horma a su piel, la suela a sus tobillos.
Pero el tiempo, el tiempo que se había detenido, la hora que miraba y no pasaba, los zapatos que ahora están ahí, fulgorando y centellando, mientras la Pc sigue diciendo la misma hora y ella les habla a los médicos de Oz, que no entienden, que cómo explicarles que el reloj se detuvo, que le quiten o no le quiten los zapatos, los zapatos ahora son más que zapatos, son un reloj detenido en una hora en la que ella puede ver, la transparencia del alma.
Cuando uno se los pone no tiene idea que regresas a casa, hasta calzartelos nuevamente y que ellos hablen, sin olvidar que la memoria es la que no olvida.
Por entonces, y entonces todos los médicos te miran extrañados. Como si un remolino hubiera revuelto la habitación, y ese terremoto hurgado los pisos, ese remolino transportado hacia algo que no entienden (pero ella sabe que fueron los zapatitos rojos) mientras una les nombra un lugar que, hablando en un fervor verborrágico clásico, de las creaturas de lo que…
… supongamos que se llamaba Oz.
Supongamos que ella tampoco se llamaba como se llamaba.
Un día salió a esas calles, un día vulgar de calor de verano, de la mano de un novio que no era novio, en una calle que aprentaba ser una simple calle.
Vió los zapatos en varios lugares hasta que vió ese par. Era único. No porque lo fuera, sinó porque particularmente brillaba, como hablando, como pidiéndole que fuera ese, ese par rojo brillante, ese par que le recordaba a un lugar que no conocía muy bien.
Llegó a su casa y los dejó en una caja bonita, cuidándolos de la tierra desconocida.
Cada día abría el armario, viendo como la llamaban con su resplandecer fulgoroso.
Cierta vez decidió ponérselos para salir a caminar, por las calles que aparentaban ser un solo rumbo, una sola callecita de Buenos Aires, por ahí perdida. Caminó y sintió como si la llevaran, imantados a otro espacio, como si lentamente o de golpe, empezaran a pervertir su mente, como si los brillos empezaran a brillar arriba, diciendo quién sabe cuantas cosas, bajando información como si el download de la pc estubiera sobrecargado y se hubiera roto y de repente la catarata de palabras.
Catarsis, le decía ella.
Normalmente los zapatos hacen eso cuando una los usa. Cada pisada es un cúmulo de palabras y, estos mismos, se convierten en ideas que se entrelazan, como hipercarburando hipótesis.
Pero estos no.
Había algo en ellos, ella no sabía muy bien qué hasta que pasó.
Los abandonó.
Decidió dejarlos ahí a un costado. Abría el placard ignorando su fulgor, haciendo como si nada, como si hubiera decidido de una vez por todas que viviría la realidad, sin saber qué era la realidad.
Salió a caminar como de constumbre, con sus borcegos, acallando la ciudad de gritos y furia, caminando rápido, como escapando de algo cuando el sol dio sobre sus cabellos que empezarona resplandecer, lentamente, como los zapatos. Sentía que le hablaban desde un rojo fuego, una voz trascendente por su cerebro, los labios de una ciudad que conocería.
Claro, conocer conocía gente, pero de repente comprendió sus tantas preguntas.
¿Cómo conocemos el pensamiento simultáneo a la dialéctica?
Fue a su casa. Los vió ahí, centellando más que nunca, fulgorando como el fuego quemando mentiras, centellando para atraparla, para pedirle que se los ponga, y lo hizo, decidió conocer Oz.
Salió a la calle, como de constumbre, pero había algo inusual en la gente. Sus palabras. Podía leer los pensamientos, podía ver la transparencia, como la vidriera que encerraba los zapatos, los cuerpos encerraban la mente y la mentira de la palabra. Entonces todos comenzaron a vomitar pensamientos, a hablar rápidamente de lo que pensaban, no con tiempo, el tiempo se había borrado, no había tiempo en Oz, los relojes se habrían detenido en el momento en el que los zapatos la poseyeron.
Las miradas de la gente eran la transparencia de sus intenciones. Sentimientos, fervientes, transparencia del gesto, esos gestos que se ocultan tras el ficticio de los deshonestos, esas palabras que ahora no eran palabras, eran pensamientos puros. Podía leer la mente.
Entonces lo supo, supo lo que pasaba luego. La ciudad la consumía, la ciudad embrabecida miraba la noche y desnudaba las calles, mientras las cárceles eran la vida de uno, uno encerrado en los otros, en lo fícticio de las falacias de quienes no se transparentan, la corrupción del Ser.
Tomó los zapatos, que ya habían cobrado vida propia e intentó hacer “Tac-tac-tac” pero no volvía, sencillamente la habían encerrado ahí, en el mundo de Oz.
Desesperada salió a correr por entre las calles, entró a los lugares y testeó la transparencia, como si fuera un empleo, podía ver las intenciones ocultas.
Con esta sí, con esta no y los zapatos que parecían pegados, la horma a su piel, la suela a sus tobillos.
Pero el tiempo, el tiempo que se había detenido, la hora que miraba y no pasaba, los zapatos que ahora están ahí, fulgorando y centellando, mientras la Pc sigue diciendo la misma hora y ella les habla a los médicos de Oz, que no entienden, que cómo explicarles que el reloj se detuvo, que le quiten o no le quiten los zapatos, los zapatos ahora son más que zapatos, son un reloj detenido en una hora en la que ella puede ver, la transparencia del alma.
domingo, 13 de mayo de 2007
Circular con precaución, Warning y prohibido tocar.
Pudiera haberla conocido ahí, en el 2005 si solo el lapso del tiempo su hubiera salteado una semana quizás y no hubiera conocido a Salomé y podría haberse ellamado Lorena y no Cecilia. Pero todo vuelve, me dice con una copa en la mano, mientras la inclina y la bebe, recordándome que todo el tiempo vuelve, como si fuera cíclico, de nuevo meterse a la cama cuando las enfermeras apagan las luces, eso dice la loca.
Yo le preguntaría si no fue una cuestión de azar. Cuestión de azar querida, nada más.
Pero ella me cuenta con una copa en la mano y me pide que la vaya a visitar, que también es de zona sur, otra cuestión de azares, otra cuestión de casualidades y ella niega con su cabeza y dice causa. Pero si por ahí se hubiera salteado un mes y qué cuando pasamos por ese río, otra vez el de ja vú, no solo el río no es el mismo sino nosotros no somos los mismos.
Pero todo el cíclico, ¡caramba! dice golpeando la copa sobre la mesa y yo la miro con ternura como explicándole que no, que ella es cíclica y yo no porque yo me acuerdo de Lorena y Solomé, pero podría bien haberse llamado Cecilia y yo Solomé.
Porque, ¿viste? Cecilia me contaba siempre, de Lorena y Solomé, justito cuando yo me fui la dieron de alta, de nuevo a la felicidad y yo entré, Bienvenido al Borda, ahí para primavera, con toda la coersión preparada, los azulejos rosas y las flores de papel pegadas en la pared, como si uno fuera feliz entre azulejos rosas y viera las flores tapadas por las paredes, flores de papel como para no llorar.
Entonces la ví, mientras cantaba esa canción y ella, ella ahí sentada, haciendo tarjetas y me regala una y me cuenta que Lorena y Solomé, que ella se metía en su cama.
Entonces se vuelve, a dormir, y yo, que podría ser Lorena, me meto despacio en su cama, pasando mi mano por sus brazos, arropándola entre su peluche, que el mío después fue un perro marrón pero podría haber sido ese eso. Y ella no se niega, juega como jugaban ellas otras, las otras, pero parece que el tiempo ahí se equivocó y faltó un mes o… dos años, quién sabe.
Porque el amor es maravilloso pero la histeria es el cenit de toda mujer falta de mujería o en exceso de. Y por eso la dejo, llorando a mares, insistiendo en amarme cuando no hubo confianza y eso es no haber respeto, no, eso no es amor.
Entonces pasa el calendario y me encuentro luego, dos años después, sentada en la cama, contándole esta historia a una mujer, sin copas en la mano, diciéndole que tuve una vez una novia, sensible y tierna pero tan histérica.
Y me dice que su nombre es Lorena y que estuvo con Salomé y el tiempo se salta porque después siento un cuerpo sobre mi cama y la enfermera ríe un poco, sin saber ni del tiempo ni de las coincidencias ni de la boca entreabierta que viene después.
Pero qué me habré tardado tanto que vuelvo, otra vez a hurgar por ese lugar, a ver quién está entre mis sábanas y la veo, cayendo de nuevo, como si pudiera haber sido Cecilia, quién sabe, pero es Lorena.
Me quiere besar, como pidiéndome que me quede, gimiendo la necesidad. Y yo, el río no es el río o quizás el río se mantuvo río, con otro nombre, podría haber sido el Sena y yo que me ahogaba. Podrían haber sido las callecitas de Arenales y yo cantando de nuevo esa canción que les canté a ambas, sin saberlo y el mismo diagnóstico y las mismas manos que no eran manos, eran minas en un campo desierto y entonces, entonces toma el trago entre sus manos y mueve la copa y me dice que no es casualidad.
Y yo le digo que el río no es el mismo y que tampoco yo y que no la besaré porque no, porque cambian las aguas, digo, cambia el curso. Titubeo como queriendo escuchar el tránsito, como viendo sus amenazas explícitas, sus besos contra mi mejilla suplicando, su fervor tan frágil, evidentemente amoratado por los años, casi la misma edad. Podría haber tenido 35 pero tenía 31, y es un lapso del tiempo, cuatro años o dos años y qué cuanta gente pasará por el Borda, digo, como si fuera así de sencillo una casualidad como esta pero menos sencilla es Ornella, preguntando de qué color es el cielo, aprendiendo a escribir cursiva de nuevo, con el mismo color rubio en los cabellos de la infancia, adivinando cuales eran mis dibujos y Ornella, que también podría haberse llamado Natalia me espera, sentada en la calidez del hogar.
Y supongamos que la copa tendría razón, que es cíclico y mi Ornella podría haberse llamado Natalia y Cecilia, Lorena, y yo, Salomé y entonces Ornella no se llamaría Natalia y el círculo se quiebra y no estamos predestinadas para esto Lorena, ¿entendés?
Por Ornella, que es en simultáneo.
Qué Cecilia por ahí ya se fue, ya se hundío en el Río.
Y Lorena asiente, como ida, como si ya se fuera, como si cruzara la calle, sin mirar, sin que le importase nada luego de mi explicación, sin comprender que por ahí el tiempo pero que si el tiempo entonces yo no podría ser Ornella cuando niña. Entonces yo tampoco podría ser Salomé. O Natalia y Lorena pero eso ya no es cíclico. Eso es otra cosa, ¿comprendés mi vida?
Se lo intento decir, mientras las gotas de lithium corren por sus venas, sin saber que hacer, hablando con el tío de Ornella y explicándole que no entiende, que ahora al tío le pasó lo mismo que a ella y que Fernando podría haber sido Lorena. Fernando mira a Natalia como poseyéndola con la mirada, como si hubieran tomado una misma pócima y Natalia que se va, dejando ahí a los inocentes, sin mordidas en el cuello mientras toca los cabellos de Ornella, mágica e irresistible, los búcles en sus puntas, la infancia en los sueños y de qué color será el cielo pero ahora ella le responde, sí, ahora tiene quién le responda.
El círculo roto del tiempo, que podría haber sido Natalia, si no la hubiera conocido a Natalia.
Yo le preguntaría si no fue una cuestión de azar. Cuestión de azar querida, nada más.
Pero ella me cuenta con una copa en la mano y me pide que la vaya a visitar, que también es de zona sur, otra cuestión de azares, otra cuestión de casualidades y ella niega con su cabeza y dice causa. Pero si por ahí se hubiera salteado un mes y qué cuando pasamos por ese río, otra vez el de ja vú, no solo el río no es el mismo sino nosotros no somos los mismos.
Pero todo el cíclico, ¡caramba! dice golpeando la copa sobre la mesa y yo la miro con ternura como explicándole que no, que ella es cíclica y yo no porque yo me acuerdo de Lorena y Solomé, pero podría bien haberse llamado Cecilia y yo Solomé.
Porque, ¿viste? Cecilia me contaba siempre, de Lorena y Solomé, justito cuando yo me fui la dieron de alta, de nuevo a la felicidad y yo entré, Bienvenido al Borda, ahí para primavera, con toda la coersión preparada, los azulejos rosas y las flores de papel pegadas en la pared, como si uno fuera feliz entre azulejos rosas y viera las flores tapadas por las paredes, flores de papel como para no llorar.
Entonces la ví, mientras cantaba esa canción y ella, ella ahí sentada, haciendo tarjetas y me regala una y me cuenta que Lorena y Solomé, que ella se metía en su cama.
Entonces se vuelve, a dormir, y yo, que podría ser Lorena, me meto despacio en su cama, pasando mi mano por sus brazos, arropándola entre su peluche, que el mío después fue un perro marrón pero podría haber sido ese eso. Y ella no se niega, juega como jugaban ellas otras, las otras, pero parece que el tiempo ahí se equivocó y faltó un mes o… dos años, quién sabe.
Porque el amor es maravilloso pero la histeria es el cenit de toda mujer falta de mujería o en exceso de. Y por eso la dejo, llorando a mares, insistiendo en amarme cuando no hubo confianza y eso es no haber respeto, no, eso no es amor.
Entonces pasa el calendario y me encuentro luego, dos años después, sentada en la cama, contándole esta historia a una mujer, sin copas en la mano, diciéndole que tuve una vez una novia, sensible y tierna pero tan histérica.
Y me dice que su nombre es Lorena y que estuvo con Salomé y el tiempo se salta porque después siento un cuerpo sobre mi cama y la enfermera ríe un poco, sin saber ni del tiempo ni de las coincidencias ni de la boca entreabierta que viene después.
Pero qué me habré tardado tanto que vuelvo, otra vez a hurgar por ese lugar, a ver quién está entre mis sábanas y la veo, cayendo de nuevo, como si pudiera haber sido Cecilia, quién sabe, pero es Lorena.
Me quiere besar, como pidiéndome que me quede, gimiendo la necesidad. Y yo, el río no es el río o quizás el río se mantuvo río, con otro nombre, podría haber sido el Sena y yo que me ahogaba. Podrían haber sido las callecitas de Arenales y yo cantando de nuevo esa canción que les canté a ambas, sin saberlo y el mismo diagnóstico y las mismas manos que no eran manos, eran minas en un campo desierto y entonces, entonces toma el trago entre sus manos y mueve la copa y me dice que no es casualidad.
Y yo le digo que el río no es el mismo y que tampoco yo y que no la besaré porque no, porque cambian las aguas, digo, cambia el curso. Titubeo como queriendo escuchar el tránsito, como viendo sus amenazas explícitas, sus besos contra mi mejilla suplicando, su fervor tan frágil, evidentemente amoratado por los años, casi la misma edad. Podría haber tenido 35 pero tenía 31, y es un lapso del tiempo, cuatro años o dos años y qué cuanta gente pasará por el Borda, digo, como si fuera así de sencillo una casualidad como esta pero menos sencilla es Ornella, preguntando de qué color es el cielo, aprendiendo a escribir cursiva de nuevo, con el mismo color rubio en los cabellos de la infancia, adivinando cuales eran mis dibujos y Ornella, que también podría haberse llamado Natalia me espera, sentada en la calidez del hogar.
Y supongamos que la copa tendría razón, que es cíclico y mi Ornella podría haberse llamado Natalia y Cecilia, Lorena, y yo, Salomé y entonces Ornella no se llamaría Natalia y el círculo se quiebra y no estamos predestinadas para esto Lorena, ¿entendés?
Por Ornella, que es en simultáneo.
Qué Cecilia por ahí ya se fue, ya se hundío en el Río.
Y Lorena asiente, como ida, como si ya se fuera, como si cruzara la calle, sin mirar, sin que le importase nada luego de mi explicación, sin comprender que por ahí el tiempo pero que si el tiempo entonces yo no podría ser Ornella cuando niña. Entonces yo tampoco podría ser Salomé. O Natalia y Lorena pero eso ya no es cíclico. Eso es otra cosa, ¿comprendés mi vida?
Se lo intento decir, mientras las gotas de lithium corren por sus venas, sin saber que hacer, hablando con el tío de Ornella y explicándole que no entiende, que ahora al tío le pasó lo mismo que a ella y que Fernando podría haber sido Lorena. Fernando mira a Natalia como poseyéndola con la mirada, como si hubieran tomado una misma pócima y Natalia que se va, dejando ahí a los inocentes, sin mordidas en el cuello mientras toca los cabellos de Ornella, mágica e irresistible, los búcles en sus puntas, la infancia en los sueños y de qué color será el cielo pero ahora ella le responde, sí, ahora tiene quién le responda.
El círculo roto del tiempo, que podría haber sido Natalia, si no la hubiera conocido a Natalia.
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Cuentos
sábado, 12 de mayo de 2007
Cuento no fantástico, sencillamente, premonitorio: Ojos sobre el destino.
Recuerda esa verborragia infantil, casi animada por la imaginación y los sueños.
Soñaba dos nenas, doblando la edad, pero si era una nena de 16 y entre idioteces, qué sobre lo predestinado, qué cuando era chica y había soñado, qué el trago amargo, del medio litro del té y el destino. Las galerías de los sucesos con mil bocas y la última salida al laberinto.
Digo, escribo y me acuerdo, cuando veo la tinta rojo sangre.
Me imagino a Selina o Darina, muy bien no supiera el nombre pero más bien empezaba con D, mirándome con esos ojos circulares café, mirándome como anonadada explicando porque café y no té, comprendiendo demasiado, hasta entendiendo una misma cosa a sus 5 añitos de edad.
Pero no está su voz y la oniria descriptiva comienza a entremezclarse por una galería, como si esta tinta ahora estuviera escribiendo los pasajes: la carta que envié hace unas horas, el back de ayer y el sexo en el recuerdo, la nena bonita de hoy y los ayeres.
¿Quién sabe donde hay salidas, cuando el laberinto del sueño te vence y te muestra caminos?
Y sorbo el té, recordando esa mezcla de hierbas, ese día después, ese mes después y la tinta en blanco, luego tomando esa tonada roja, demasiado coagulada, la tinta encerrada en el tubo, muriendo mientras baja por entre las letras. Esperando que la oniria vuelva, para decirme que si es inflexible que tu desición y mi desición hayan sido las autoras del silencio de Darina y quizás, quién sabe, serán autoras del silencio de Katja, pero espero que no, cuando entraste con cuidado y lo sigas haciendo porque cinco años después aún recuerdo el número 6.
Por ahí es esta noche, que vuelve el sueño repetitivo, como tantas veces, antes de que hiera el agua para el té y luego de las 12, sí, de las 12, mi rostro sobre la almohada luego de las 12 y la señora de 28 que sale de su sueño, casi flotando se aparece por esa calle semi desnuda, el salón de fiestas en frente apagado.
El destino no se festeja y sí será, especialmente después de su muerte y ese viaje que recuerda esta tinta.
Ella observa, envuelta entre ese estupor onírico, la pareja casada en la casa de en frente, el aroma a café y su esposa sirviéndole el trago caliente, como si en eso no supiera la perdición de su marido, los meses anteriores cuando la miraba extrañado pero ella, sin estelas de recelo, no irrumpe en la morada.
Más bien se va, por ahora sola, a la vereda de en frente donde sí tiene llaves.
Sabe que es el segundo piso, ahí a donde va a buscarlas, para ver donde las dos nenas solo un número, 12 y 6 y las camas vacías, las persianas cerradas, el claustro de la muerte.
Así, sin más cierra la puerta, pero como si le importara la melancolía. Piensa en ese instante inútil, en ese té que ojalá fuera el único pero falta un año. 6 y 12 y podría haber sido 5 pero, por favor, que cambien, que un nuevo sueño llene esa cama de una bifurcada, que el 6 ya lo hubo soñado y el sueño de nuevo la lleve al 5 de la desición de él y ojalá no más tes.
Pero entonces cerró la puerta, sin más conjeturas, sin más agravios de lo que sabía cuando niña y quizás el número sí fuere 5, porque las galerías pueden ser muchas, podrían, bah, como hormiguitas moviéndose abocadas y el desencanto de haberlo soñado ya varias noches antes, como si supiera y volviera él de nuevo a olvidarse de pedir permiso.
Y va a la habitación de al lado, las puertas abiertas y quién sabe si sí tendría 28 pero el bebé.
La cuna con el velo blanco, los juguetes repartidos por la habitación y una voz que la invita a tomar un café para despertarse.
Otra no queda.
Soñaba dos nenas, doblando la edad, pero si era una nena de 16 y entre idioteces, qué sobre lo predestinado, qué cuando era chica y había soñado, qué el trago amargo, del medio litro del té y el destino. Las galerías de los sucesos con mil bocas y la última salida al laberinto.
Digo, escribo y me acuerdo, cuando veo la tinta rojo sangre.
Me imagino a Selina o Darina, muy bien no supiera el nombre pero más bien empezaba con D, mirándome con esos ojos circulares café, mirándome como anonadada explicando porque café y no té, comprendiendo demasiado, hasta entendiendo una misma cosa a sus 5 añitos de edad.
Pero no está su voz y la oniria descriptiva comienza a entremezclarse por una galería, como si esta tinta ahora estuviera escribiendo los pasajes: la carta que envié hace unas horas, el back de ayer y el sexo en el recuerdo, la nena bonita de hoy y los ayeres.
¿Quién sabe donde hay salidas, cuando el laberinto del sueño te vence y te muestra caminos?
Y sorbo el té, recordando esa mezcla de hierbas, ese día después, ese mes después y la tinta en blanco, luego tomando esa tonada roja, demasiado coagulada, la tinta encerrada en el tubo, muriendo mientras baja por entre las letras. Esperando que la oniria vuelva, para decirme que si es inflexible que tu desición y mi desición hayan sido las autoras del silencio de Darina y quizás, quién sabe, serán autoras del silencio de Katja, pero espero que no, cuando entraste con cuidado y lo sigas haciendo porque cinco años después aún recuerdo el número 6.
Por ahí es esta noche, que vuelve el sueño repetitivo, como tantas veces, antes de que hiera el agua para el té y luego de las 12, sí, de las 12, mi rostro sobre la almohada luego de las 12 y la señora de 28 que sale de su sueño, casi flotando se aparece por esa calle semi desnuda, el salón de fiestas en frente apagado.
El destino no se festeja y sí será, especialmente después de su muerte y ese viaje que recuerda esta tinta.
Ella observa, envuelta entre ese estupor onírico, la pareja casada en la casa de en frente, el aroma a café y su esposa sirviéndole el trago caliente, como si en eso no supiera la perdición de su marido, los meses anteriores cuando la miraba extrañado pero ella, sin estelas de recelo, no irrumpe en la morada.
Más bien se va, por ahora sola, a la vereda de en frente donde sí tiene llaves.
Sabe que es el segundo piso, ahí a donde va a buscarlas, para ver donde las dos nenas solo un número, 12 y 6 y las camas vacías, las persianas cerradas, el claustro de la muerte.
Así, sin más cierra la puerta, pero como si le importara la melancolía. Piensa en ese instante inútil, en ese té que ojalá fuera el único pero falta un año. 6 y 12 y podría haber sido 5 pero, por favor, que cambien, que un nuevo sueño llene esa cama de una bifurcada, que el 6 ya lo hubo soñado y el sueño de nuevo la lleve al 5 de la desición de él y ojalá no más tes.
Pero entonces cerró la puerta, sin más conjeturas, sin más agravios de lo que sabía cuando niña y quizás el número sí fuere 5, porque las galerías pueden ser muchas, podrían, bah, como hormiguitas moviéndose abocadas y el desencanto de haberlo soñado ya varias noches antes, como si supiera y volviera él de nuevo a olvidarse de pedir permiso.
Y va a la habitación de al lado, las puertas abiertas y quién sabe si sí tendría 28 pero el bebé.
La cuna con el velo blanco, los juguetes repartidos por la habitación y una voz que la invita a tomar un café para despertarse.
Otra no queda.
jueves, 10 de mayo de 2007
The Dark Side of The Moon
A magritte, el imperio de las luces rotas. A rené, rasguñando el piso, traspasando mis piernas, ronroneando con mis palabras ahí, inquieta, tan mía y él tan mío y lo sabía desde antes de llorarlo…
El gato contra la almohada.
El humo que solo disfuma la diplomacia Real.
Ella se acerca y le dice a René si le gustaría visitar Suiza.
Magritte contra sus pestañas y el tibio susurro del delicado ronronear, que corresponde al humo de la pipa. La manzana de las luces y la casa en la obscuridad del imperio. Reticente a seguir, el largo trazo de su cola roja, suburbia la noche.
Si es de día, si era de día, ella le hubiera dicho.
Entonces buscó a Selina para avisarle, urgente, que era noche de luna llena porque la gata maullaba y nadie podía cesar la sinfonía del llanto.
Las lágrimas tácitas en el imperio de las luces y la llave de la puerta.
Había aullidos en el agujero, detrás del alambrar disonante. Alguien cavaba algo. Se oía el ruido de las palas incesantes, el sonido agudo que le advertía a Selina.
Puso la llave.
Uno, dos segundos congelados. Pensó si estaría adentro y oyó el quejido lastimoso de la gata, a la lejanía de los bosques.
¿La llave abría? Si la encontraba en la alcantarilla era porque sí, porque había querido que fuera así, que estuviera ahí tirada, en la manzana a obscuras y de día el sol resplandeciendo la lúgubre nocturna.
¿Para qué dar el salto?
Y tantas preguntas sin demasiadas respuestas porque la llave y el último segundo la iban escondiendo, palazo a palazo, la pala que retoma su trabajo.
La vió por la ventana y le quizo gritar que no siga. La vió un insante, la sombra de Selina y el jardinero por algún lado y si ella entraba y le avisaba y el jardinero y la gata quejándose lastimosamente, iban a corromper el delicado día. La gata. ¿Por qué la gata? Esto es más que una gata, carajo.
Entonces la llave.
Buscó la alcantarilla y la tiró.
Volvió a buscar la sombra que ya no estaba.
Relojeó el día.
Empezó.
Y 33, dijo.
No.
2:45.
No.
Pero que si la quería conocer y tenía que elegir pero ella no, no era ella la que decidía. Cuando corrompía la voz timbrando sobre sus tobillos y ella le hablaba despacio que no siga, que era noche de luna llena. Hoy no, René, por favor.
Pero el tic de la canilla y la pala, la pala que cavaba aún más rápido y el regocijo de la gata que dejaba de maullar porque iba a encontrarse con lo que quería.
René. ¿Esto no es solo René?
Si era ella la que decidía.
Si era René que ahí, cuando la luna llena, la encontraba de noche para decirle el nombre y que el quejido lastimero cese, que la dejen de atormentar de una vez por todas, a la pobre, pobrecita ella en sus lágrimas incesantes cuando retoma el éxtasis de la rutina, gemir, lamer, pasearse entre sus piernas y ella le dice que si le gustaría volver a Suiza.
Y le dice: 11.
Bingo, en el último piso.
La gata que maulló a lo lejos y se dirigió a ella, ondeando sus patitas como herida, como si alguien hubiera dejado huellas con esa decisión. La cara rojiza y entrecortada. Los rasgos animados que dibujaban su mirada acaecida, la tonada grave.
Más grave.
Selina, le dijo.
El maullido de nuevo. No. Ahora.
Selina, le dijo.
El aullido de nuevo y la gata que no podría prender las luces, porque ya era de noche pero se dirigió al jardín. El claro de la luna sobre el pobre animal. Cuando las nubes la escondían pero esa noche, perfecta. Solo las estrellas y la luna entre los árboles y el jardinero adentro de la casa, la pala bañada en sangre, la gata que rasguñaba las piedras y maullaba, lastimosamente, maullaba.
Ahora la había visto entre los arrayanes y el bosque, metida por entre los costados e iluminaba la tierra removida.
Las 11:06, clavada en las luces del farol sobre la tumba.
René, rasguñando las piedras, esta noche no quiso las manos de Selina sinó las mías.
El gato contra la almohada.
El humo que solo disfuma la diplomacia Real.
Ella se acerca y le dice a René si le gustaría visitar Suiza.
Magritte contra sus pestañas y el tibio susurro del delicado ronronear, que corresponde al humo de la pipa. La manzana de las luces y la casa en la obscuridad del imperio. Reticente a seguir, el largo trazo de su cola roja, suburbia la noche.
Si es de día, si era de día, ella le hubiera dicho.
Entonces buscó a Selina para avisarle, urgente, que era noche de luna llena porque la gata maullaba y nadie podía cesar la sinfonía del llanto.
Las lágrimas tácitas en el imperio de las luces y la llave de la puerta.
Había aullidos en el agujero, detrás del alambrar disonante. Alguien cavaba algo. Se oía el ruido de las palas incesantes, el sonido agudo que le advertía a Selina.
Puso la llave.
Uno, dos segundos congelados. Pensó si estaría adentro y oyó el quejido lastimoso de la gata, a la lejanía de los bosques.
¿La llave abría? Si la encontraba en la alcantarilla era porque sí, porque había querido que fuera así, que estuviera ahí tirada, en la manzana a obscuras y de día el sol resplandeciendo la lúgubre nocturna.
¿Para qué dar el salto?
Y tantas preguntas sin demasiadas respuestas porque la llave y el último segundo la iban escondiendo, palazo a palazo, la pala que retoma su trabajo.
La vió por la ventana y le quizo gritar que no siga. La vió un insante, la sombra de Selina y el jardinero por algún lado y si ella entraba y le avisaba y el jardinero y la gata quejándose lastimosamente, iban a corromper el delicado día. La gata. ¿Por qué la gata? Esto es más que una gata, carajo.
Entonces la llave.
Buscó la alcantarilla y la tiró.
Volvió a buscar la sombra que ya no estaba.
Relojeó el día.
Empezó.
Y 33, dijo.
No.
2:45.
No.
Pero que si la quería conocer y tenía que elegir pero ella no, no era ella la que decidía. Cuando corrompía la voz timbrando sobre sus tobillos y ella le hablaba despacio que no siga, que era noche de luna llena. Hoy no, René, por favor.
Pero el tic de la canilla y la pala, la pala que cavaba aún más rápido y el regocijo de la gata que dejaba de maullar porque iba a encontrarse con lo que quería.
René. ¿Esto no es solo René?
Si era ella la que decidía.
Si era René que ahí, cuando la luna llena, la encontraba de noche para decirle el nombre y que el quejido lastimero cese, que la dejen de atormentar de una vez por todas, a la pobre, pobrecita ella en sus lágrimas incesantes cuando retoma el éxtasis de la rutina, gemir, lamer, pasearse entre sus piernas y ella le dice que si le gustaría volver a Suiza.
Y le dice: 11.
Bingo, en el último piso.
La gata que maulló a lo lejos y se dirigió a ella, ondeando sus patitas como herida, como si alguien hubiera dejado huellas con esa decisión. La cara rojiza y entrecortada. Los rasgos animados que dibujaban su mirada acaecida, la tonada grave.
Más grave.
Selina, le dijo.
El maullido de nuevo. No. Ahora.
Selina, le dijo.
El aullido de nuevo y la gata que no podría prender las luces, porque ya era de noche pero se dirigió al jardín. El claro de la luna sobre el pobre animal. Cuando las nubes la escondían pero esa noche, perfecta. Solo las estrellas y la luna entre los árboles y el jardinero adentro de la casa, la pala bañada en sangre, la gata que rasguñaba las piedras y maullaba, lastimosamente, maullaba.
Ahora la había visto entre los arrayanes y el bosque, metida por entre los costados e iluminaba la tierra removida.
Las 11:06, clavada en las luces del farol sobre la tumba.
René, rasguñando las piedras, esta noche no quiso las manos de Selina sinó las mías.
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Cuentos
Theater des Vampires
Sonó el timbre.
-Venimos a… -comenzaron a decir los de negro.
-Sí, ya se a que vienen, pasén –dijo seriamente.
Porque todo el día había estado balbuceando incoherencias. Qué la amenaza y las sábanas sobre su cabeza, le faltaba el aire a la pobre. Entonces tomo la perspectiva de un destino violáceo, ese color putrefacto que a ella siempre le había fascinado, desde que le compró el anillo y le dijo que no sabía bien que pasaba, qué no se sentía bien, que le faltaba el aire y la taquicardia ondeaba las cortinas como si todo un público la aplaudiera cuando hacía sus berrinchitos. Hacía años que los venía siguiendo, que la amenaza y los papeles y las palabras de más, para darla vuelta y que vuelva, de nuevo se sacaba el anillo y por el balcón le gritaba las últimas palabras. Qué iban a ser las últimas, que no se olvide que no iba a haber más papeles y menos voces que la aplaudan, que gritaba fuerte para que no la oigan, que esta si era la última función de sus amenazas.
-¿Y ahora qué hago? –les preguntó a los de negro.
-No sé, movela –le dijeron.
La agarró y rechazó la mano, la mano sobre su cintura y ella moviéndose incómoda, la sábana sobre su cabeza y el sueño que había tenido la otra noche, las pastillas para el dolor de cabeza y el repugnante aire nauseabundo, que faltaba el aire. Ese aroma que ahora era olor. El dolor en sus muecas que se quedaron quietas, ella que se quedaba tiesa mientras la tomaba, como mintiéndole de nuevo, diciéndole que iba a ser la última, que la deje en la cama, que primero se apagaban los aplausos y los discursos y después ella se callaba. Para que alguien le calle la histeria, para que alguien la arrope y mis manos que la arropaban cuando se volvía a poner el anillo, ese bonito de circón cubic que compramos en la tienda de a una cuadras, el colchón que elegimos; ese de una plaza que no alcanzaba nunca a dar vuelta, ese que escuchaba las amenazas con la almohada pegada a su rostro después de la larga oniria, que nadie la apagaba nunca, que nadie la escuchaba en serio. Quién sabe cómo y cuando lo decidió, cuando dijo que iban a ser las últimas palabras.
Primero el acto estúpido de ella. Qué nunca quizo a nadie, que solo sentía fascinación. Después las monedas que caían de su retazo, las contaba una por una, como si le fueran a faltar, como si yo le faltara o hubiera elegido a otro en vez de a mis rosas. Y ella seguía con su discurso, que la última amenaza, que ya lo sabía desde hace mucho, que me deje de joder, que lo iba a hacer y punto, el cierre perfecto, el forro para tan decorosa dama. La copiosa capacidad para extorsionar.
Después los discursos estúpidos, que me tiraba de frente, la foto y que no la toquen, que no firme nada, que está en arenas movedisas porque no sabe bien que tiene razón, que otra vez se va a sacar el anillo y la voy a dejar, sola ahí y con frío y vuelvo, a dejarle la sábana sobre el rostro, para que no me vea y no le dé miedo de nuevo, otra vez las caricias y esas manos mientras le digo que la quiero, que la espero. Pero ella se va y se vuelve sobre la cama, tosiendo adrede, haciéndo esos jueguitos que conozco bien, de nuevo las amenazas y que se va a matar o que la va a matar esto.
No sé, porqué ya no la escucho, ahora solamente la quiero.
Porqué vuelvo a oler esas sábanas y está su perfume; el revoltijo de sábanas de su juego hipócrita y posesivo, la carne de nada, la carne de más y esa carne casi vírgen que jugaba a oscilarme entre los no. Gracias, por nada.
Entonces voy a la cama y los hombres de negro me miran y asienten. Los ojos abiertos, la gran resignación. Y no puedo creerlo que las últimas palabras hayan sido esas, ese agradecimiento monstruoso sobre mi resignación, que ya no le creía, que otra vez la misma historia en repley y me había cansado, ahora ya solo jugaba a tocarla, como si fuera mi muñeca esa que se compró el anillo para ambos dedos.
Pero ahora la veo, tirada a un costado, las sábanas vacías y la mano abierta, el anillo que cae rodando, mientras se cierra el telón, el público aplaude la magnificiencia de la palabra.
Gracias, por nada.
-Venimos a… -comenzaron a decir los de negro.
-Sí, ya se a que vienen, pasén –dijo seriamente.
Porque todo el día había estado balbuceando incoherencias. Qué la amenaza y las sábanas sobre su cabeza, le faltaba el aire a la pobre. Entonces tomo la perspectiva de un destino violáceo, ese color putrefacto que a ella siempre le había fascinado, desde que le compró el anillo y le dijo que no sabía bien que pasaba, qué no se sentía bien, que le faltaba el aire y la taquicardia ondeaba las cortinas como si todo un público la aplaudiera cuando hacía sus berrinchitos. Hacía años que los venía siguiendo, que la amenaza y los papeles y las palabras de más, para darla vuelta y que vuelva, de nuevo se sacaba el anillo y por el balcón le gritaba las últimas palabras. Qué iban a ser las últimas, que no se olvide que no iba a haber más papeles y menos voces que la aplaudan, que gritaba fuerte para que no la oigan, que esta si era la última función de sus amenazas.
-¿Y ahora qué hago? –les preguntó a los de negro.
-No sé, movela –le dijeron.
La agarró y rechazó la mano, la mano sobre su cintura y ella moviéndose incómoda, la sábana sobre su cabeza y el sueño que había tenido la otra noche, las pastillas para el dolor de cabeza y el repugnante aire nauseabundo, que faltaba el aire. Ese aroma que ahora era olor. El dolor en sus muecas que se quedaron quietas, ella que se quedaba tiesa mientras la tomaba, como mintiéndole de nuevo, diciéndole que iba a ser la última, que la deje en la cama, que primero se apagaban los aplausos y los discursos y después ella se callaba. Para que alguien le calle la histeria, para que alguien la arrope y mis manos que la arropaban cuando se volvía a poner el anillo, ese bonito de circón cubic que compramos en la tienda de a una cuadras, el colchón que elegimos; ese de una plaza que no alcanzaba nunca a dar vuelta, ese que escuchaba las amenazas con la almohada pegada a su rostro después de la larga oniria, que nadie la apagaba nunca, que nadie la escuchaba en serio. Quién sabe cómo y cuando lo decidió, cuando dijo que iban a ser las últimas palabras.
Primero el acto estúpido de ella. Qué nunca quizo a nadie, que solo sentía fascinación. Después las monedas que caían de su retazo, las contaba una por una, como si le fueran a faltar, como si yo le faltara o hubiera elegido a otro en vez de a mis rosas. Y ella seguía con su discurso, que la última amenaza, que ya lo sabía desde hace mucho, que me deje de joder, que lo iba a hacer y punto, el cierre perfecto, el forro para tan decorosa dama. La copiosa capacidad para extorsionar.
Después los discursos estúpidos, que me tiraba de frente, la foto y que no la toquen, que no firme nada, que está en arenas movedisas porque no sabe bien que tiene razón, que otra vez se va a sacar el anillo y la voy a dejar, sola ahí y con frío y vuelvo, a dejarle la sábana sobre el rostro, para que no me vea y no le dé miedo de nuevo, otra vez las caricias y esas manos mientras le digo que la quiero, que la espero. Pero ella se va y se vuelve sobre la cama, tosiendo adrede, haciéndo esos jueguitos que conozco bien, de nuevo las amenazas y que se va a matar o que la va a matar esto.
No sé, porqué ya no la escucho, ahora solamente la quiero.
Porqué vuelvo a oler esas sábanas y está su perfume; el revoltijo de sábanas de su juego hipócrita y posesivo, la carne de nada, la carne de más y esa carne casi vírgen que jugaba a oscilarme entre los no. Gracias, por nada.
Entonces voy a la cama y los hombres de negro me miran y asienten. Los ojos abiertos, la gran resignación. Y no puedo creerlo que las últimas palabras hayan sido esas, ese agradecimiento monstruoso sobre mi resignación, que ya no le creía, que otra vez la misma historia en repley y me había cansado, ahora ya solo jugaba a tocarla, como si fuera mi muñeca esa que se compró el anillo para ambos dedos.
Pero ahora la veo, tirada a un costado, las sábanas vacías y la mano abierta, el anillo que cae rodando, mientras se cierra el telón, el público aplaude la magnificiencia de la palabra.
Gracias, por nada.
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