Alice in der land

Alice in der land
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domingo, 16 de noviembre de 2008

Relato sobre relato.

Imagine que alguien escribe estas líneas, imaginando que soy yo y usted es el lector. Estamos conversando, sentados en un banco de madera rústica, bajo de un Arce en día de invierno. Buenos Aires, empedrada calle en San Telmo, nos asedia la luz partida de un viejo farol. Hoy esta conversación y mañana, allí, en algún cuarto de una habitación sigilosamente guardada, abre páginas blancas y echa mano sobre el relato. La imaginamos ahora, nos imagina a nosotros.
Imagine que ella imagina a un lector que la imaginó imaginándonos. Él lo leerá, con sus manos tiesas y su piel translúcida. Lentamente, su respiración se contendrá, exhalará más profundo y el aroma penetrante del pensamiento del otro se infundirá en su miedo.
¿Sabe cuál es el fin de la escritura? Pensar el pensamiento de otro, y que nuestro pensamiento sea, a su vez pensado.
Ahora ella visualiza cómo la lluvia empieza a deslizarse por las hojas cuasi plastificadas. El momento se intensifica armoniosamente en el suelo húmedo: las flores blancas caen circulares, acercas tu mirada a la hoja que escribe, piensas que habrá en esas páginas dichas, ves un banco a lo lejos.
Su cabello baja lentamente sobre sus senos. La luz partida del farol florece sobre su rojo cristal, acaricia dulcemente la página, mira la segunda línea y levanta la vista. Te ve a lo lejos, observándola. Un susurro de creatividad recorre su piel. El escalofrío entre sus uñas escarlatas gime el final:

Tú escribes sus palabras besadas. Ella recuerda tu silencio en el relato ahora escrito, cuando la observaste en el momento quieto, ella te sabía y vos a ella, la noche alcanzaba su esplendor en la realidad consumada. En el aroma de un sueño embebe, todas las palabras que la música que profesa.

viernes, 22 de febrero de 2008

The nightmare behind reality

La tenue luz se filtraba por la puerta. Ruidos ahogados, almohadas sobre su cabello acariciando el éxtasis silenciado, penetrando él el pecado, mientras yo entornaba esa puerta tan muda cómo mi respiración destripada por la opresión de saberlo dentro de su mirada y entonces sus ojos. Entonces los míos ya no míos, deslizando las cortinas de mis lágrimas para no observar lo que transpolaba mis respiración ausente sobre un te amo.

Entonces te amo evanescente porque las pupilas de él posadas sobre el reverberar de sus ojos de cortesana cordial de favores. Entonces, por favor, sé creíble. Hazte de aquél sueño que es la increíble realidad –aunque no lo creas- porque estuve y estabas y me quebraba y no importaba, le dijo.

No, no importa, no lo sabrá. Si el corazón siente los ojos no ven. Ya sé, sé qué dicen. Aún así seguimos jugando hacia el mismo punto, otra vez volver a soñar que esta vida, que no es la misma, es un sueño porque el sueño es, en realidad, la vida en símbolos. Sí, está ahí, pero dónde, cuándo. Entonces no, no es posible o sí lo sería (lo piensa mejor). La realidad es que nos sumergimos en un interminable abismo (como interminables infiernos) de irrealidades tan reales que ahora, acá (y acá cuándo está despierta, también) es irreal.

(Ella sabe que no, que quién mira para arriba utiliza su lóbulo derecho. Creatividad, entonces la puta de la creatividad, algo tan simple cómo imaginar el modo de controlar las pulsaciones que de repente controlan esa ¿suerte? de felicidad en la mentira que hará feliz a, para ustedes, su Dama. Pero duda, bromeando; qué mejor forma habrá de bromar, se pregunta ella cuando él le acaricia el pelo. Pero no le tiembla la mano. Entonces, no le tiembla la mano. Por eso ella. Muñequita de, gracias).

Pasa, repentinamente, de una canción extrema (cómo hirviendo su sangre a fin de que no hierva su irracionalidad pseudo masoquista –aunque todos sabemos que pseudo es obsoleto-) a el suicidio musical. Entonces ahí o antes, pero antes tenía que ser para justificarlo con ángeles que merecen morir, decide que no hay tanta verdad en sus palabras.

Quizás por eso la paranoia o la paranoia quizás sea la qué. Pero ella sabe cuando esa mueca delinea las palabras inexactas, huecas pero no vacías, porque también habla su mirada evasiva cuando, piensa, no lo observo. Habla. Dice que entonces no, que entonces para qué, pero que entonces si desconfiar sería como amarnos y también cómo delinquir el pensamiento que, obseso, penetra él aroma de las lágrimas que, congeladas, censuraban mis ojos por la autor declara que la declaración de otros fue: no podrás ser querida.

A veces despertar temblando, recordando que el onceavo mandamiento, cuando el sueño que traspasó los párpados para imbuirse en los huesos, cala todo el calor de sus brazos rodeándome. Empezar a temblar y asirlo fuerte para que no se vaya, para que su silencio y su calma onírica me juren que no, que el sueño murió con el fuego con el que me observa, solo cuando es real la irrealidad que no quiere morir.

Por qué.

lunes, 8 de octubre de 2007

Mom don't call me

“Mom, don’t call me” –se said.

El sonido pendular del reloj dando la hora exacta. El aire a anís o solvente. Aspirando aroma a Davinoff. Subir sus medias de red, el escote que atestigua turcos deseos de las miradas que en paranoia iban buscando los gemidos. Alcohol en sus venas: Novecento. Labial amatista. Rimel de Revlon. Su boca entreabierta, jugueteando con la respiración que no estaría mañana porque él la espera puntual pero ella siempre llega tarde. Cortesía, dice.

Salir a una hora inexacta porque el tiempo nunca importa demasiado. Es una de esas pocas cosas que se siente como traspasando la ráfaga de viento que da un dejo de promiscuidad a su rostro: el cabello cayendo sobre su boca, la lengua palpando el intricado sabor amargo. No es solamente por el pelo, sino porque su último cliente disparó exhalando sobre sus senos descubiertos.

Amanda, se llamaba Amanda para la altura de este texto.

Salía por la noche, quizás fue una gota de cianuro en el Blue Curassao o un disparo mudo sobre el silencio de esa noche luego de los gemidos quebrando la luz tenue de Buenos Aires cuatro am. Solo sabía que al levantarse los gemidos de Amanda eran el reloj de una iglesia dando las últimas campanadas. Las aves volando en sus aladas blanquecinas libertades en búsqueda de escapar del exacto momento en el que el vuelo quiebra la ráfaga en el pelo de Amanda.

Sin sangrar. Los ángeles no tienen sangre pero tampoco levantan vuelo por encima de Dios.

Él sabía. Ella sabía. El infierno o el paraíso eran rojos, ambos dos o la última mirada que acababa con el líquido de la gamabutirolactona sobresaliendo el deseo.

Los ojos desorbitados de Amanda y el cuerpo reviviendo blancas pieles impregnadas del nombre fantasía o perecedero silencio del reloj que ya no habría de dar las 12. Esposas, muñecas, esposas que podrían ser muñecas o brazos encarcelados y cinceles sobre el cuadro desmontado de montar a Amanda mientras ella, ficticiamente, gime y sus garras rojas penetran a Dios y la respiración se acaba y continúa bombeando la sangre, silenciando las rosas que se clavan en su pecho y bebiendo el elixir en las paredes rosáceas que acuñan su nombre.

Suena el reloj del cementerio, el cadáver vestido de negra gasa, azulados cabellos, rojos labios, muerto nombre. Podría ser el final de una novela o tal vez presidiario necrofilico-morbo-cuerpo-sexo-tiempo fruto del destino final.

También podría ser Amanda amamantando con cianuro y sus pechos rebosantes aniquilando el semen de él dentro de su cuerpo muerto.

O quizás solo un sueño y ella muerta hasta que camine sobre sus párpados para besarlo y decirle que llore las caricias en celo.

Se da vuelta cuando amanece y el aroma a perfume deja el estigma de una noche de sexo. Descuartiza el cuerpo. Mira el frasco. Aún hay una última gota en tu sangre corroyendo tus cabellos. Penetrar el cuerpo tieso. Mirar el silencio.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Welcome to hell.

Por qué las alas se le habían hecho pájaro y había echado a volar, por los disturbios de toda la ciudad, anclada en la clandestinidad de una pequeña ventanita abierta. Los gritos de fondo y no balbucear nada porque entonces no hay palabras. Solo piar. O ir, sigilosamente, con las pezuñas clavadas en el marco de la ventanita y las alas, aquel accionar de un botón o lo mecánico y entonces el industrial palacio católico y escapar de Dios o algo así.

Pero despertarse en la pesadilla.

Grita la señora del tercer piso y dan ganas de tomarla con el pico, desgarrar sus entrañas, ver como se desangra sobre los azulejos de su cocina, el aroma a sangre y guiso de roast beef. El aroma a muerte y puré recién horneado. El aroma a ave que aún vuela los sueños.

Entonces el colectivo.

Subir, por ahí y el trayecto no es el mismo. O apretar el botón de salida, ese sabor a saliva alcoholizada, ese sabor a saliva y ungüento de beso, entremezclado con la cal y el polvo católico y escapar de Dios.

Porque es ahí, exactamente ahí, en dónde vive en este segundo sin saber si los demonios fueron un sueño o la realidad. Es ahí, entonces dónde, que le jura su propia voz que fue un sueño, pero ella vio al edificio, en el vuelo de vuelta al vuelo, el industrial-mecánico católico y Dios que la azotaba con cadenas en su alada noche.

Todo el pasado borrado o quién sabe si el recuerdo, si el alcohol se entremezcla con los sueños, si no es más que una cifra en sangre, o las alas sangrando las cadenas porque lo jura por Dios que escapó de Dios, que esa noche renació porque habría muerto ahí, dónde imaginaba un cuándo, dónde fue mañana, cuándo fue ese lugar, dentro de la oniria pero escapando de ella, cuando lo jura por Dios que escapó de Dios y ahora escucha puros demonios, esos que la miraban ayer –pero era mi casa-

(pero era mi casa)

Entonces se incrustan en la memoria-miradas de clavos clavados de caldo de pollo de anoche en octubre cuando es septiembre y los versos leídos de ella cuando era la esposa del difunto escritor, cuando el difunto y ella no habían nacido, cuando los pájaros se convertían en alas: y viceversa.

Viceversa porque escapó de Dios y se metió en la pesadilla: despertar.

Abrir los ojos, piar en la mente, contestar idioma-lectura-oniria-chillido antropofágico de almorzar a la imbécil del tercer piso.

Un día: así. Una noche: de esa manera. Una tarde: sigo dormida.

No es que no abrí los ojos. Lo hice pero la saliva aún está pegajosa y Dios me persigue en la almohada. El macabro dolor de espalda (ahí dónde están las alas escondidas) cortar plumas con la navaja, volverlas a pegar con mi encolada saliva, lamer la mano gata-escondida, jugar a balbucear en mi cabeza: da la media vuelta, toca el cascabel, mírenme señores comien-do pas-tel. A ver. A ver. A ver. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, toma el amuleto en manos de anaquel.

Porque ahora es niña, porque siempre fue niña y el sabor del puré-sangre es delicioso, es aquella ave que escapó de Dios, cortando las entrañas de una imbécil, oniria plasmada pegada disuelta censurada acaba de merecer un espacio en el diccionario de la locura: muy bien, jura que fue un pájaro.

El pasajero se da cuenta de que algo no anda bien.

No suena el timbre.

Pasa por aquel industrial-catolicismo-mecánico y Dios le sonríe.

Siente nauseas.

Se toca la espalda: no hay alas.

Y en cada mirada de aquellos, demonios que la persiguen y Dios que hostiga desde un autobús, la puerta no abre y final del recorrido, posa sus garras rojas en el marco de la ventana, mira la libertad de lejos y le sonríe un dama.

Cae una pluma.

El humo de alguna fábrica.

Y Dios es la mujer que acaba de subir al colectivo: exactamente cuando ella no puede bajar, exactamente ahora, exactamente tan exacto que estoy escribiendo que escapé de Dios, pero está ahí en la almohada, macabro mirar miedo premisas de la noche que desvelará la alucinación.

Mientras tanto, ceno su sangre.

Y he de ser una persona pagana, en congojas con el vacío de sin-amo y Dios aún así ha hablado que me mataría en vuelo. Mientras tanto: ceno su sangre. Luego: encojo mis alas.

Me elevo suave, sustrato uniforme de masa de cielo. Tormentosamente espesa. Repudio la risa de mis congéneres.

La puerta no se abre.

Maldito seas.

¿Quién?

Aquel, porque ahora la entrada al infierno.

Y se oye una voz en la eléctrica industrial. Al borde del abismo, el precipicio de volar, en principio, con alas retorcidas.

Repudio el llanto de mis congéneres.

Miro al suelo. Cielo o tierra o monte inmerso en agua. El fuego que no está.

Ahora Dios se suicida.

Sonrío.

Extiendo las alas.

Babeo la almohada.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Continum

(El pecado es una canción mal acabada y puedes caminar recto por la sinfonía sinuosa y aún así perderte en una puerta que abrirá nuevamente al comienzo. A eso le llaman infierno.)

No importa no saber exactamente qué hago en esta carretera y por qué no se ve más que un continum de árido suelo entremezclado con olor a anís añejado.
Escucho una melodía. “Exit music (for a film)” y tampoco quién me dirá que esto no es más que un film, una árida carretera y el vacío a mis lados, y el silencio traspasándome enojado, anger, yes, that’s anger, that feeling, that sin, the sin is a song but the song is hell.
¿Si se hubiera esfumado el mundo entero en mi mundo? Entonces solo quedaría caminar, sentimiento de levitar suavemente por hilos invisibles que sostienen mi cuerpo de aire y cruzar todo ese trayecto en pleno silencio del sonido que grita miles de voces mudas que cruzan junto con mi cuerpo, pero no, porque solo permanezco de pie observando y preguntándome cómo es que he venido a parar aquí.

Algo da el impulso. No sorprenderme: regla inamovible. Repentinamente sigo derecho, la recta del camino sinuoso que entonces no es recta, pero entonces qué importa. Tanto polvo perecedero y tan poco para ver si acá no hay ojos, si acá no hay espejos entonces acá no estoy. Y lo declaro, acá no estoy ¿cómo sé que estoy? Mintieron cuando me dejaron despertar aquí porque me quedé dormida y quizás el alcohol o quizás esto se llame “sueño lúcido” perdiendo nuevamente todo control menos la conciencia y es estar despierto y dormido en una misma imagen y es congelar el tiempo y romper la recta-sinuosa.

Por eso. Algo da el impulso. Me paro y empiezo a caminar y diviso un punto lejano y obscuro. Estornudo. El polvo comienza a derretirme, empiezo a exhalar polvo y de polvo venimos y a polvo vamos y ¿de dónde sale el polvo del mundo? Ahora no importa porque la toco, toco eso, eso, puerta, roble, de nuevo (porque yo sé, esto es un nuevamente de hace un rato).

Solo queda abrir. Abrir y retroceder nuevamente el tiempo al tiempo de cuando no recuerdo cómo ni dónde, o querer retroceder en ese tiempo entonces nada, no hay nada, no me puedo mover hacia atrás, sólo puedo avanzar para retroceder y entonces la angustia y entonces algo así como el día o cómo he llegado hasta aquí ¿alguien me explica?

Pero no hay voces.

Quizás solo mi retrato y una vela roja (me gusta el rojo) y un poco de raso italiano y un bello forro de terciopelo negro y los sollozos incesantes porque no, no llores, no hay que llorar.

Pero los funerales son así, qué le vas a hacer, algunas palabras más y otras que no se han de decir, de ahora a nunca jamás, para no profanar y no jurar por aquello que no existe (porque no creer es no creer o creer quizás en esto hasta que se muere y entonces qué carajo: qué demonios: se irá al infierno o solo existe el infierno.)

Aquí dónde el sueño nunca acabó.

martes, 7 de agosto de 2007

Pesadilla o sueno en replay.

condenado, papel decía: otra vez el sueño, despertar en un sueño y volver a él y leer interminablemente las mismas letras y lo escribo como testimonio, cómo aquella mujer que hace el amor y guarda el perfume de su amante, o la niña que ve a su ídolo y se disfraza de él y luego ve el disfraz y quizás estas letras sean como eso pero distinto de eso, sencillamente saber que ahora estoy en un sueño porque mañana leo esto y es exactamente lo mismo: los párpados caerán sobre estas letras y el papel se incendiará de ese modo en el que no se consume, de nuevo las mismas letras, de nuevo ella mirándome fijo y la jaula y el ave retorciéndose y de nuevo…
Mientras tanto esas letras se consumían, mientras tanto mi encendedor y lo apago para qué, para que esas letras sean estúpidamente algún tipo de oniria pero no, pero levanto la vista y está ella mirándome fijo y los párpados pesan cual plomo y comienzan a descender, todo se hace más opaco, lentamente el alcohol embriaga el ambiente y todo toma colores, como en aquellos carruseles a ferviente tiempo, risas y alcohol, alcohol y llanto y nada, abrir los ojos para ser una remake del día anterior porque entonces… entonces me encuentro ese papel y vuelvo a leerlo, a prender el encendedor sí pero no, para que atestigüe que ahora quemo el sueño para que no vuelva y lentamente está ella, mirándome fijo mientras enciendo el papel como para que no se repita otra vez, pero el azulado del día se consume con el azulado de las llamas, el sueño en esa gama de colores repetitiva pero que nunca es la misma, solo que sí, gama de colores violáceo, verde, grisáceo, azulado, rojizo, pero nunca jamás despierto. Quizás pasaron dos horas pero sé, han pasado días y días enteros consumidos en un minuto, porque me vuelvo a levantar ahí, con ese papel diciéndome sobre mi regazo estásrepitiendolapesadilla y cómo terminarla?, dale, ahora, poné stop, no replay, aniquilar el replay, aniquilar la vida en una mano pero sigue ella mirando fijo y ahora la llama encendida que llama macabra, dice algo así como no dar vuelta, que el sueño no empiece, que todo siga su recorrido, por ejemplo tomar el encendedor, la llama hipnótica que toca el recorrido de este sueño, jugando suavemente con los párpados, yendo y volviendo a ir, porque no es real (no tiene que ser real) tiene que tener el sabor del final pero
¿qué pasa si empieza pero no termina?
Infinitamente infinitesimal pequeña y herida sonrisa de seguir la pesadilla continuamente, perpetrar sus ojos sobre los míos y sus obscuras pupilas posadas sobre mis ojos perdidos, blancuzco o iris negro, agachando mirada otra vez sobre el papel que sobrevive y me condenada, otra vez, perdonar el papel y empezar a escribir: ahora no, llega el fin del sueño, porque el fuego, porque vos y el fuego, porque el fuego, el papel y vos y la noche que no es noche porque es rojiza, porque quiero despertar y tu morena piel me perturba: (dos puntos) despellejarte.
Entonces se para, la mira perturbadora(mente) y toma el encendedor y lo mueve oscilante frente a sus ojos, pero no es necesario, solo la mente en las palabras queno, solo la mente en las palabras que está bien, que sí, que prender fuego su imagen y seguir y ahora deambula el sueño en rojo, azul, amarillo y líneas negras que se contraponen y parecen aquél cuadro pero no lo son, porque está ella consumiéndose, pura y duramente consumiéndose.

Sus párpados caen sobre el recorrido-oniria o el onírico recorrido.

Ahora es su nombre el único nombre y tiene las llaves del paraíso. Tomar ese papel, está vez en blanco.

domingo, 29 de julio de 2007

Cuándo mañana despierte el ayer.

A veces recuerdo un sueño o a veces recuerdo el recuerdo de un sueño que es estar ahí pero dónde o no poder ponerle epigramas a la sensación, porque a veces se recuerda en reversa el sueño de escribir un sueño o seguir la estela de la lectura de mi mente cuando aparece repetido el trazo en yoatraveséestetrayecto -te lo juro- pero es un sinsentido jurar que estuve acá anoche escribiendo estas mismas letras y con razón se perdió al despertarme.
Pero te digo: otra vez estoy dormida hasta que cierre los párpados y recupere el texto. Cremme, otra vez estoy dormida porque estuve acá ayer escribiendo este texto, ahora pero cuándo porque fue ahora ayer, y lo sé porque es cómo una esquizofrénia acá, pero dónde, estuvo todo porqué.
Parece fácil de explicar pero no lo es, vida mía se desplazó en psicosis sueño lúcido inminente inmensidad porque ahora estoy durmiendo el sueño de ayer. ¿Ves? ¿Podés? Porque exactamente esto leían tus ojos despiertos mañana pero cuándo y no es que lo pregunte, porqué, una certeza en la opacada nocturna: este texto se perdió en el recuerdo de un recuerdo de un sueño hasta que despierte al posar mis párpados.

sábado, 28 de julio de 2007

Cuento: Qué cómo, cuándo pero dónde.

Parece que en principio ella no se mueve porque, perra que levanta la cola suave cual corsario riendo las notas del alcohol de las diez, entonces qué linda mirada pero te dice que vamos, que terminó la hora y porqué porque yo no pretendo jugar al juego que vino viniendo. Ella se levanta y caja de maquillajes, primero el rimmel, siempre el rimmel porque ojos pintados y pasame el vino por favor, pero tomá nota que a las diez se termina la hora y para qué si vos no te vas a horario nunca. Dale, te gusta el juego, sí está bien y gracias pero ahora escuchemos un poco de Chico Buarque. Ella empieza a moverse como arremangada de piel con ese amuleto perfecto que es lunar y te gusta chico buarque, y para qué si después empieza a contar del viaje a Brasil y yo me siento Alejandra la imbécil que nunca conoció más allá de sus narices a la perra muerte y porqué la perra muerte qué pasame la botella y está bien fría, así me gusta y ahí la mano, quedate así como cuando viene esa ola de frío en un invierno del 1997, al lado de la estufa que se apaga con las ráfagas y las burbujas del vino y bien porque en el viaje conocí a Eduardo. Pero entonces qué cuál es el sentido de Isabel? Porque entonces pasame un scon, porque entonces dale que se termina la hora y tengo que volver a las sabanas, pero no, quedate, quedate a dormir, te querés quedar y que después pero no pasa nada, muevo las manos y onduleo y querés cafe, pero entonces ella te explica que el trayecto es largo, que un hombre es un pene, un pene es un hombre, es un gato ajeno o un amuleto perfecto como aquel lunar negro que se lleva siempre pero nunca se ve porque entonces es lo mismo que construir una historia sobre Cortazar y Alejandra conociéndose en una calle de París y ella soñando con caer al Sena y el salitre en la boca y eso, eso es un hombre, pero qué hasta donde llega la espiral de historias nadie lo sabe porque la música sigue y si te gusta Chico Buarque, y no, no me gusta Isa, y entonces pido un champagne para la habitación 8, son como las burbujas que suben pero nunca se sabe el trayecto que sigue una noche como esta, cuando me acerco al hogar de leña y ella me pasa una mano por la parte interna de los muslos y sube y le desprendo el corpiño como si tuviera un delicado film de vida entre mis manos, cómo cocinar de repente a una Princesa y si ella lo sabe, todo es solamente cadáveres de la inocencia porque entonces abre su cartera y saca un collar y suena la música de fondo y es la onceava Romanza de Dvorál mientras que los violines se parecen a aquel que fue la última vez que Isabel decidió que ya era hora.
Está bien, deslizo las bragas por entre tus piernas por si las dudas ahora mis dedos se mueven con la autosuficiencia del alcohol entremezclado con la ironía de tenerte acá, porque sé que te irás, dime que haces en un paraje a mitad de la vida con una mina como yo, que no sabe bien que es lo que es vivir o quizás sí pero tu no lo entenderás y tus pantimedias están rotas Isa, pero no importa porque las burbujas del champagne curan todo, dale, llorá, llorá en mi regazo y quedate dormida, no importa el tiempo porque entonces podemos seguir la historia en donde te quedes, ahí quietita y congelada en mi regazo, llorá Isa, llorá. Parece qué las gotas de agua se evaporan ni bien mis ojos, pero sí, es así porque el llorar es un acto esporádico de la humanidad, para que algo no sea constante, para que yo no sea constante y ahora querés tomar el licor de café: pasame el vaso. Pero qué cuál es el sentido de tomar y entonces Macedonio Fernandez en sus delirios te hablaba a mí y a vos, entendés Alejandra y sí y si no está bien, vamos a la esquina por un séptimo…No, basta, ya tomaste mucho pero entonces pasa la hora y son las diez y dijiste que basta y porqué basta si sigo y ahora te pongo una mano en la cintura y Piazzola de fondo con La Cumparsita mientras me seguís el paso porque el séptimo regimiento no, no es suficiente, nos movemos, izquierda, atrás, atrás, derecha y seguí el ritmo Isa porque no se termina la noche, no, mirá qué no, el 206 pasa a toda velocidad y decide que no valemos la pena, que no nos va a llevar a los confines como uno de los desconocidos para después jugar, y qué eso es la inocencia, está bien, un par de pantimedias y chicho Buarque sonando de fondo o quizás el bandoneón pero se pierde en el relato que te hago de la noche sin nombre, movete, eso, movete al ritmo del violín Isa, porqué Alejandra, pasame el champagne que se apagan las gotas pero no, ahora el alma tiene ese sentido de penumbra en mis dedos, ahora te tengo, ahora tu cintura es la mía y nos movemos al compás pero parece que empieza a detenerse y pero no, y qué seguí pero bueno está bien, es como las burbujas del champagne que suben y se disipan o un archivo que se perdió en el alcohol o un par de balbucéos inofensivos, así, como yo poniendo mi mano en tu entrepierna y el reloj dando las diez. Sube y punto.
Sube.
Punto.

martes, 17 de julio de 2007

Asesinato de la conciencia

El pueblo era eternamente nocturno. Obscuridad, sí, estabamos sumidos en la obscuridad.

Viene él, me dice que vayamos a la escollera, me pregunta si quiero nadar desnuda para él.

-¿El mar de la verdad, cierto? -le pregunto sin dejarlo responder, porque delizo suave mi vestido y me lanzo al agua. Quizás morí, no lo sé.

Él me observa nadar en el mar en el que la verdad es mujer y digo unas cuantas palabras para que las turbias aguas se hagan cristalinas.

El fondo. El cadáver de una mujer en el fondo.

Salgo. Sabor a salitre en mi boca. Él me abraza con una toalla mientras que silencio el crimen visto, en la seguridad de que él lo tiene presente.

Caminamos en silencio varios kilómetros hacia el pueblo de las luces. Recordamos: "Nunca ir al pueblo de las luces". Entonces, se cruzan esas dos mujeres pálidas acompañadas de dos niñas silenciosas. Pasado y presente.

Tengo la seguridad de que aún nadie las ajustició, porque miro hacia las aguas y el cadáver de la dama nada, siguiendo nuestros caminos.

Aquí está. Legamos. El submarino amarillo.

¿Podría mostrarles la verdad? El faro señala esos negros árboles allí dondo se gesta aqyuello que amenaza al pueblo de las luces. Nos hundimos en las aguas y parece no haber vida. Solo un cuerpo, desnudo, gelatinoso... bajamos.

-¿Podrías enseñarnos a ver? -pregunta una de las niñas.

Podría, es solo que no tengo idea cómo. Pero ahí sobreviene, lo presciento, la taquicardia sube, suena la puerta... es él. Me dice que sucedió, que debemos verlo.

Habían encallado el submarino amarillo y el pueblo de las luces estaba dentro. Ya no les mostraba la verdad, estaba congelado en ese sitio, la gente dentro con sus hipócritas risas y cocteles de por medio, yo que observaba el mar, porque ahora muchos cuerpos salían a flote, ahora venía la cuenta regresiva, el mar se llenaba de cuerpos, se encendian las luces a mi alrrededor, el submarino a obscuras y el silencio reinante.

Ahora había vida... y muerte.

viernes, 29 de junio de 2007

A look in to the glass (himself or another)

“Vivre et mourir devant un miroir” –Baudelaire.

M dormía 12 horas diarias. Vivir en soledad es un modo de vivir menos o más, probablemente más porque se reducen las horas de vida, ya que estás horas merecen más crédito que las horas de casado, pero en fin, el vivía la mitad de la vida en sus sueños y la mitad de la vida en el mundo real, si quizás la realidad era solo un modo de soñar un poco, ya que ¡qué demonios! El hacía media vida de sueño y media de vida. En resumen, era un hombre solo por medio día, el resto del tiempo era una marmota o cualquier semejanza de inmunda creatura sumida en la vagancia más criticable: la del soltero.

Se dormía a la 1 am, luego de ver su programa televisivo de chusma con cualidades admirables para el cotorreo, luego de su, probablemente, sexto vaso de vino, entre borracho y en estado de coma, pues el coctel era el vino más las etuminas recetadas por el doctor para dormir, pero por suerte el sueño lo vencía antes de que pudiera seguir metiéndole más alcohol y pastillas a su mugrosa sangre. Se podría decir que el pobre de M ahogaba sus penas de vida desnuda de damas, en esas copas, entre esas píldoras, si al fin y al cabo no tenía nada mejor que hacer, cobraba una pensión que el estado le dejaba por quién sabe qué cosa del destino, de trayectos de la madre o negocios ilegales del padre, como sea, vida de soltero y huérfano, vulgo medio, poco caballero, de malos modales pero con un solo atributo: su amor por la lectura.

Así era como a la 1 pm, respectivamente, sonaba su despertador. Tardaba un poco en volver en sí, en incorporarse como corresponde, debido a la constante resaca y el ajetréo de un pobre solterón alcoholico.
La vagancia era uno de sus defectos, o una extraña cualidad que le permitía sucumbir en su lectura cotidiana hasta que leyó la siguiente frase: “Cuando dormimos estamos despiertos en otro lado, así, cada hombre es dos hombres”.
Dejó el libro. Se puso a pensar que otro hombre sería él, quizás casado y con hijos, quizás llevando una vida patética y denigrante como la que él llevaba, quizás era un exitoso empresario o quizás un bohemio pintor de vanguardia… pero una ansiedad empezó a retomar su mente cada vez que las copas de alcohol comenzaban a apoderarse de su persona, se preguntaba una y otra vez quién era, iba, se miraba en el gran espejo de la sala, observaba todo su cuerpo e ilusamente imaginaba el hombre que podría haber sido, ese que no se rendía ante nada, ni ante el alcohol ni ante la dejadez negligente, ese gran hombre de mundo y conocimientos, ese hombre estimado, aplaudido, al que todos admiraran y siguieran, el gran artista, el gran empresario, el gran esposo.

Y ahora estaría durmiendo. ¿Qué pasaba entonces si cambiaba su rutina? Entonces el gran hombre que era mientras dormía ya no sería, nunca más, el hombre que era. Entonces era dos hombres pero tenía en su poder el conocimiento de poder elegir ser el otro hombre, podía decidir por el otro, decidir abandonar la botella, decidir cambiar la rutina y el otro tendría que llevar su mugroso estadío de cochino dormilón.

Se sirvió el séptimo vaso de vino del día. Eran las 12:44. Se sirvió el séptimo, el octavo, el noveno, el décimo y ya eran la 1:37 para cuando fue al espejo, decidiendo que esta vez el otro hombre no se levantaría, que esta vez sería él quién pudiera tomar el timón de su indecente vida y entonces se dirigió al espejo, los colores comenzaron a entremezclarse, se vió veinte años más viejo, cabellos entre cobrizos y canos en vez de negruzcos, la barba afeitada, los ojos un poco más obscuros, pero su misma mirada posada en ese vidrio reflector de su persona, silbando algo y de repente una súbita expresión. El hombre cincuentón de la imagen gritaba, gritaba estrepitosamente, una mujer se acercaba a él, comenzaba a tomarlo del pecho y su expresión era grave, angustiosa, los observaba, lo acariciaba mientras sus lágrimas cincelaban el rostro, estiraba la mano para tomar algo (cómo si de su lado hubiera un botiquín) y ahora un frasco en sus manos, un frasco tomado erróneamente, un frasco de pastillas que no correspondían a ese hombre, ese hombre que debía de haberse levantado hacía más de 37 minutos, tomando sus usuales píldoras para el corazón.

Nunca supo si estaba durmiendo o despierto, teniendo una pesadilla o tan solo imaginando, si fue un sueño, el alcohol, o un difuso lapsus temporal a través de un espejo… pero algo era seguro, ahora pertenecía a si mismo, era inmortal, ya no era dos hombres sino solo la espectral imagen de lo que es y lo que podría haber sido en simultáneo.

martes, 26 de junio de 2007

Cuento XxX: Prohibido para mayores de 18 años.

Perpleja, un instante, con algo ajeno a tus manos, mi mirada en un susurro lejano pero tus dedos, que se deslizan suave cincelando mi silueta, cubriendo mis caderas, erizando mi cintura.
Me quedo tieza, en estado de coma orgásmico, reacción del cuerpo mudo pero luego me vuelvo, palpo tu aroma en mi rostro, mi boca entrabierta a un aliento de tu boca y suplico: te quiero dentro mío.

Luego vos, que me dejás en éxtasis corporeo, librás mi cuerpo del recorrer de tus dedos para moverte, lentamente, y yo, mirada gacha, oculto el dolor de no poseerte pero quién sabe mis ojos agrietados despiertan tu animal instinto y comienzas a desnudarme con la mirada. Mientras yo, leo tus ojos y lo hago. Deslizo mis ropas y sígues mi compás en música, desabrochas esos botones de la inhibición que ahora están de más y acercas tus partes a mi humedad.

Tus labios balbucéan sin dubitaciones: ¿En dónde me querías?

-Dentro mío -te respondo.

Y te siento, por primera vez siento penetras mis partes vírgenes de vos.

sábado, 23 de junio de 2007

La belle necrophilie

Solicitamos que usted se acerque a la mesa seleccionada con un número.
Muy bien, un número entre el 2 y el 10. 5. Veamos. Mmm asfixiofilia. Muy bien, agáchese! Bien. Sumiso. Como un perro de Ama. Collar de ahorque. Bello, fino, tomándolo y controlándolo marcado en la decisión de control. Ella lo tiene, el es de ella y nada puede hacer para oponerse. Ella tiene el poder, el pierde los hilos de la decisión, deja caer todas sus partes en la coherencia de ella. Lo mira. Se miran. Parecería una distancia raíz del desconocimiento. Pero no. Algo más fuerte los penetra, un algo llamado desconfianza. Porque el sabe que ella, tras su rimel perfecto, tras su tigresa mirada, esconde algo, ese algo: ¿Hasta donde crees que llegaría? Ella ajusta un poco más el collar, y su víctima lo sabe, lo sabe porque entreabre la boca, presa de un orgasmo, comienza a elevarse, su respiración se agudiza, entrecierra los ojos y baja, baja repentinamente, la cadena se aleja de su fino cuerpo para indicar: Hasta aquí has subido, víctima de tu codicia por seguir hasta el infinito, hasta el estallar del alma, hasta el perecer del ser.

Entonces piensa: Que saque el dos.

Sí.Sale, como designio del destino.
Necrofilia.-

Entonces traen a una dama, ojos cerrados, piel azulada, cara tersa de dulce joven, lacios cabellos rubios. Se acerca. Pide un cuchillo. Danza sobre su piel con la punta del mismo y de repente la imagina viva. Todo en ella se despierta, los colores se abrillantan, la temperatura aumenta y entonces, lo dice.

Lo dice.

-No puedo hacerlo –dice cabeza gacha.

-¿Por qué? –le cuestionan.

-Es la obra de arte más hermosa que mis propios ojos perplejos han tenido la gloria de contemplar.

-Bésala.

Ella se acerca y palpa sus labios. Se siente frío. Siente, de repente, a la gélida muerte seca tras las paredes de su carne.

lunes, 18 de junio de 2007

El nigromante y la sombra de la lectura

El Sr.Dimendi estaba en su alcoba, usualmente abocado a su lectura vespertina pero sabiendo, certeramente, que ese no era solo un día como cualquier otro, porque había una sombra nueva entre las cortinas, una sombra que se movía cuando el se movía, que se alejaba cuando el se acercaba, que se reía cuando el lloraba y con la novela, con la novela la sombra iba actuando, hoja tras hoja, la cálida lectura de “El fantasma”.
Ni bien iba pasando las páginas, la sombra reflotaba en la alcoba, ahora bajaba la luz y la sombra en el techo formaba las de un asesino, un asesino fantasma, el asesino de la del dueño de casa o de la Srta. Mercedes, dependiendo siempre de lo impredecible, como en cualquier final de novela.

Por una de esas casualidades, su ama de llaves se llamaba Mercedes. Por otra de esas casualidades, la novela también decía que a las cinco en punto se iba a cometer el gran crimen, el crimen inimaginable de un espíritu que se lleva una vida con sí, una vida que podría ser la de Mercedes o la de él, y el no lo sabría hasta terminar el libro.

Decidió dejar el libro a un costado y tomar un periódico, uno de esos periódicos con números de servicios varios y ¡Oh futuro deparado! Oh a aquel futuro que estaba escrito, en el destino o en una novela, en el abrir al azar un periódico y encontrar el número de un nigromante.

La sombra se escabulló a un costado.

Decidido marcó el número de aquel hombre que desconocía y le explicó toda la situación.

-Tengo una sombra alojada en la alcoba –dijo.
-Necesito que el nigromante venga antes de las 5 de la tarde con suma urgencia –volvió a decir.

Cortó sin escuchar voz alguna en el trasfondo de la conversación, pero así estaba marcado el destino, así debía ser, esperar a que por fin venga aquel que saqu…

Sonó el timbre.

Divisó por su ventana a un hombre en traje negro, con un gran sombrero que tapaba todos los rasgos de su rostro.

-Buen día, pase… -le dijo.
-Mire, la situación es la siguiente, todo se ha tornado extraño en este punto, tanto que he decidido abandonar mi lectura por miedo a saber como finaliza esto, tengo pánico, terror, hay una sombra que se mueve tal y como mi lectura se mueve, y ahora hablan de un asesinato, un asesinato a las 5 de la tarde, y temo por mí y por mi ama de llaves y quizás… - dijo.

El nigromante no dijo palabra.

El hombre acercó el libro. El fantasma, residía en un gran libro de piel de oso, viejo, tan viejo como el diario al que recurrió, curiosamente, sin notar que quizás el telefono ya no era existente, notando que ese hombre había llegado como sonido a la luz, a velocidad infinita, misteriosamente pero todo se teñía de un misterio tal que ya no importaba mientras esa maldita sombra saliera de su amenazante posición.

El nigromante tomó el libro y arrancó una hoja. La tiró en el hogar de leña y ambos vieron como se consumía lentamente, el fuego sobre la hoja y el dueño de casa que comenzó a tener calor, mientras que la sombra se transportó hasta la sala de estar en la que ambos estaban y fue, lentamente, conviertiéndose en la sombra del nigromante, que sonreía, sencillamente sonreía mientras el hombre iba teniendo más y más calor, sin notar que un fuego interno comenzaba a consumirlo y que la ama de llaves ya no estaba desde hace varios días, cuando la sombra no era la sombra de su amo, cuando su amo esperaba esa llamada ya escrita, cuando ya sabía el final del libro, cuando su cliente comenzaba a quemarse como la lectura se quemaba, sofocado y tosiendo el humo interno de las letras negras hasta, finalmente, quedar inerte mientras echaba humo por todos lados.

El nigromante tomó el libro entre sus manos y se fue, mientras la sombra de sus pasos lo seguía, segura de que los asesinatos iban a ser un misterio que ahora estaba leyendo algún hombre en su habitación, seguro de pedir sus servicios para develar el final de la historia.

jueves, 14 de junio de 2007

Tuti Frutti

Fue Dolores la que dijo que había sido Esperanza la que un día le comentó a Paz que le dijo Milagros a Abril que Julio no sabía si Azul estaba convencida de que en marzo comenzaba Abril a decirle a Julio que en realidad no era Inocencia la que le dijo a esperanzqa que Paz le había dicho: juguemos a algo.

Todo eso ocurrió repentinamente en un juego que se llamó “De mente”. Un juego que inventaron un par de chicos en un caótico invierno en el que Summer convenció a Luz de que Brisa era demasiado tonta para entender lo que había dicho Milagros.

Entonces Brisa le dijo:
-Decime lo que quieras.

Summer comentó que Norma había sido muy rígida con Domingo y que para Luna todo era muy caótico.

Entonces Brisa le dijo a Sol que ya empezaba a hacer frío en otoño, pero Julio objetó que era invierno, e Inocencia dijo que Esperanza le había dicho a Luz que Paz no estaba más por esos pagos.

Entonces Brisa le dijo:
-Hagamos un juego.

Y encendió el fuego para que hagan jugo de pomelo, pero Pamela le dijo a Paola que Paula estaba más pelotuda que siempre.

Entonces Brisa llamó a Sol. Le dijo que todo parecía un infierno, que Plácido Dómingo cantaba como los dioses y que entonces Paz le dijo a Luz que Sol le comentó que Julio tenía tos. Porque todo era un problema de Divina Gloria en la TV.

Para ese entonces, la primavera reinaba en Flor que no tuvo mejor idea que llamar a Margarita que le dijo que Rosa había invitado a un vecino.

Summer estaba como loca, se empezó a poner roja pero vino Rosa y le dijo que Azul había invitado a Celeste al juego.

Celeste no tenía la más puta idea de que Argentina era un nombre de moda, pero el whisky era buena compañía para Jesús, un tipo que pasaba por ahí después de que Pedro diga: ¡Pamplinas! Y Batman comience a entrar en el juego.

Entonces Brisa dijo que Sol dice que es verano pero Julio insiste en que Abril le gusta. Abril mira a Julio que entonces mira a Rosa y Rosa le guiña un ojo pero Margarita se rié cuando Hortencia se pone colorada (Hortencia es la hija del señor Roca)

Summer ya está histérica porque Julio le tiene los ovarios llenos de escuchar “Empty Spaces”

Summer dice: ¡Oh Darling! ¿What shall we do?

-Y no sé, la botellita no es simple –dice Julio, algo así como sonrojado por la mirada de Sol pero en realidad la quiere a Abril.

Luna dice que Domingo dice que Marta es una reverenda hija de puta de miércoles por meterse en estas cosas.

Pero es sábado, ¿viste? los sábados los días son así, meta jugar a el Tuti Frutti y que Paz se haya ido al carajo el verano pasado hace que Summer diga que todo es un caos. De milagro retorna la esperanza a este gente. Todo gracias a Constanza.

miércoles, 13 de junio de 2007

Today a la carte

Listado de cosas para hacer hoy: Come, perra, gime, asfixia, muerta.

Miro el reloj. Demasiado tarde para empezar, ojalá hubiera un alba un poco más difusa, más mortecina y podría elegir una palabra de la lista.

Perra por ejemplo, ¿me alcanza el tiempo para perra?

Si, de última, ella ya sabe. Nada que hacer, porque el listado siempre es perfecto, el papelito de acá y de allá también, el papelito macabro escrito con el lapiz labial rojo sangre.

-¿Te puedo maquillar?

-Hola, sí, perdón, pasá, sentate y tomá algo.

Por ejemplo un té Darjeling. A riesgo de sonar muy burguesa, le doy un té de jazmín, además el aroma es tan exquisito que por ahí la esquizofrenia le borra el nombre y ahora me convierto en la ama.
El aroma, eso, por ejemplo los aromas que son un instante esquizoide, como una “elevación” disonante con todo el entorno, un milisegundo y luego cambia porque todo cambia con los milisegundos que si a su vez se fragmentaran eternamente, ¿para qué seguir? El mundo no se comprende tan fácil, viejo.

Y es que nada, que ella ahora viene y toma el té y la miro y acaricio todo su rostro, comenzando por la barbilla y tomando su pelo; jalo suavemente y hace un chirido. Sí, te dolió, comé una masita.
La cuestión con las masitas es esa, son una ruleta rusa cuando las hornea alguien. Hay que confiar en los anfitriones, no vaya a ser cosa que nos envenenen o comencemos a ladrar. ¿Para qué preguntar? Se agarra la masita y punto, punto muerto o punto vivo, eso depende de la voluntad, querida, por ejemplo usted: la masita roja.

Y comienza a toser.

-Perdón, yo sé que los licores caseros son difíciles de digerir, especialmente cuando se amasan con la masa cruda.

Los licores y otras finitudes, como las pócimas sublimes de la Dama de la Casa.

Acaricia el cabello y otra vez, va bajando por el contorno de su cuerpo y el cabello color cobrizo que se extiende con su mano, y ahora por todo el lomo y ahora empieza a manosear sus partes húmedas y ella se pone en cuatro, en cuatro la muy perra, empieza a gemir y se transpola con aullidos y ahora el húmedo hocico negro, porque lo sentía con la mano, como ya su lengua sobre el clítoris y sus ojos de puro iris en los ojos de ella y…

-Para. Sentada.

(Collar de ahorque)

-Vení para acá.

Al plato de comida, una y otra masita de color verde, una y otra y dale, ¡Perra! Comelas, dale, ¿no confías?

Y tiraba, y tiraba una y otra vez del collar hasta que empezó a jadear su lengua azulada y no hubo caso: masitas de nada.

Sí, gracias por nada, perra, muerte, gime, asfixia, come… bueno: come no.

(Taché la lista)

domingo, 3 de junio de 2007

Sleeping with ghost

Si lo hubiese sabido antes. Pero no, así fue el destino, un lapso interrumpido de tiempo. Un instante y la amnesia.

Ese día no recordaba el día anterior ni tampoco los subsiguientes. Era usual recordar los días subsiguientes, un sueño y bastaba, posar la cabeza en la almohada y adentrarse. Había algo, un choque y una muerta, un poco de sangre ya pálida sobre la acerca, tiempo muerto de muertos.
Sí, eso era algo que recordaba ahora de a poco, porque los sueños se recuerdan de golpe y porrazo o no se recuerdan bien.
Parecería que había soñado sus 100 minutos promedio (sus últimos 100 minutos promedio) o que soñó con la crónica periodística de una muerte anunciada. ¿Fue Márquez? ¿Leyó el libro? No. Tenía la seguridad de que no había sido ese libro y, por algo, tampoco el sueño, porque había dejado de recorrer el ayer, ahora no había ayer. ¿Por qué? Tenía muchas preguntas en su cabeza sin memoria o en su alma sin cuerpo.

Y bueno, atinó a seguir, pero no sabía bien por donde, había una cuadra, sí, su casa, pero no podía entrar a la casa, había quedado encerrada en un lapso temporal. Solo veía esa ventada, las túnicas de negro, el sol que no penetraba la habitación de ella y ¡Demonios! Los libros.

Quizás si llegara, si pudiera abrir, si cruzara la calle.

La cruza y vuelve de nuevo a no recordar nada.

La mente en blanco y un bocinazo.

Había que mirar cuando se cruzaba esta avenida tan peligrosa, eso le decía alguien pero no sabía bien quién y solo el recuerdo del día de hoy que quizás fue ayer o quizás fue el sueño de mañana.

De nuevo en la acera a mirar los pálidos rostros, ahora la cortina de la habitación corrida y quizás podría ¿Cruzar?

Ahí, a lo lejos, por esa ventana se vislumbraba un llanto, un llanto apagado, cortado, ¡Qué no puede ser! ¿Acaso no me ven? ¿Mamá? ¿Papá?

De nuevo los autos y ese carril ferviente y ella con aroma a pan recién cocido y el aroma que no reconoce bien o ¿por qué lo reconoce? Y cuando se pregunta, comienza a dejar de reconocerlo porque se entremezcla, como volviendo al útero materno, solamente sensaciones y se entremezclan, como alcoholizadas por un híbrido de varios tragos, todos volcados contra su vestido y se mira y no ve.

¿Los ojos que no son ojos? Y comienza a dejar de ver, lentamente, se empieza a disfumar pero decide cruzar.

Un blanco ondula su idea y abre los ojos lentamente y no abre nada porque ¿qué pasó ayer? Una última palabra, un último camino destinado a volver a atrás, a quedar atrapada en esa acera y el borroneado charco de sangre que ya no es sangre, ahora sí, comienza a sentir su palpitación más fuerte, su llanto gimiendo, los gritos de mamá, el llamado de papá desesperado, los flashes de la cámara y el video y los libros que no están y las llaves que no tiene y los vecinos desesperados y su cadáver… posado contra la acera, el 160 que traspasó su nombre: Ahora comienza a dejar de existir y blanco en su memoria, encerrada hasta que cruce la avenida. No hay ayer, linda, ahora no hay más ayer.

lunes, 28 de mayo de 2007

An advice from the mind making up the scene.

Usted saca un pedazo de papel y ni le digo, por si las dudas, que lo observo.
Avenida La Plata y Alberdi, sí, ya lo viví.
Si quiere puede devolver el boleto, hacer el seguimiento conjunto y releer el reborde de una tumba, sin preguntarme el nombre del otro.
¡Qué no lo sé, viejo! No sea descarado, ¿quiere?
Ya sé que la pollera es corta y esas piernas resumen un sigiloso deseo que palpita adentro despacio y después se incrementa como jugando un poco y… ¿Está bien? ¿Quedamos así? Semejante mirada de una persona de edad, habrase visto…
El otro día también oí, Alberdi, el viejo con su boina de lana y el olor a matapolillas que se le filtraban en los calzones casi.
Repulsivo encuentro de ómnibus, porque bajó la mirada e hizo un ademán cochino.
Yo, que me acomodé media inquieta en la barra, un poco preocupada del corazón que le iba latiendo rápido, las venas azules que se le hinchaban en ese cuello que se sofocaba, quizás, por la camisa ajustada y quizás las acuarelas de colores entremezcladas en su rostro que me iba transformando en una nena que busca jugar.
Sé que ellos no saben que escucho corazones estrepitosos y esos rostros violáceos, que no le veo final al juego y ¡Qué demonios!
Subo mi zapatito, hago un gestito de pendeja, me agacho para rascar la entrepierna y…
Se escucha una tos, ya casi llegando a aleberdi.
El viejo que no respiraba y no dejaba de reparar en las pantymedias y su rostro que se tornaba azulado mientras las toses impregnaban el ómnibus todas, el iba asfixiándose con el humo del calor que ahora ahogaba todo el autobús y el juego que deja de ser juego porque la chofer de este manipuleo había puesto la imaginación en primera y sí, el incendio del motor y el viejo que había dejado de respirar.

¿Se encuentra bien?

Lo veo pálido y su respiración entrecortada…

¿A qué parte de alberdi iba?

jueves, 24 de mayo de 2007

La continuidad del relato

Qué no me lo van a creer carajo.
Cómo si solo fuera fruto de estas letras, o de esas letras que van y que vienen y que encantaron un relato, unos tantos relatos en búsqueda. Imaginando el ómnibus, sacando un boleto de 0.75 o una estación en Montparasse.

París queda lejos, eso sí, pero los nativos Argentinos tenemos esa cosa, de subir a un ómnibus o a un subte y dejar que pasen las estaciones, viendo venir a toda esa gente, unos tantos rostros que quién sabe si escribirán en búsqueda de encontrar 0.70, 0.75, 1.25 a lo mejor y quién sabe esa sea la cifra y haya que bajar juntos en esa estación.

Me subo a un 0.70. Las miradas posadas en mí, la mujer que sube la mirada como buscando otra mirada hacía arriba, coalisionando dos miradas que estaban perdidas pero que al llegar relataban un encuentro en un 0.70, taxi libre en cada mano no, porque el taxi es individual y carece de encuentros, entonces se abre la puerta del subte y tengo La razón entre mis manos, la remake de otros tiempos, escritores que fueron y vinieron sin que pudieramos cruzar palabras pero ahora hay otros y yo busco a un Julio o a una Alejandra o a un Edgar sentados a mi lado.

En frente, en la barra, ella escribiendo algún relato desconocido. Sus cabellos negros y sus enormes ojos indiferentes, escondidos detrás del humo del habano, redactando como poseída alguna cosa obscura que denota el brillo en sus ojos, la tristeza y la corrupción de la insoportable no levedad del ser. Estación Plaza Italia y ¿la dejo bajar o la sigo? Pero dejo que pase, es así, se tiene que ir para no saber que nos cruzamos otra vez, alguna vez se cruzará con mi relato sorprendida de que fue ella adelante mío la que inaguró las letras o él.

Se sienta, a mi lado, ejerciendo un poco de presión.

Primero no reparo en sus ojos que reparaban en los míos cuando estaba parado a mi lado, moviendo ligeramente la mano del guante sobre mis muslos, yo moviéndome incómoda sin saberlo y luego me siento y luego se sienta él y repara en el diario y lee quién sabe que cosa, como haciendo ademanes de interés desineteresado en las letras de otro, el diario del día y el día en el que él me leyó.

-¿Quiere usted mi diario? –le pregunto, con la cortesía habitual.
-Oh no, por favor descuide, solo fue un error mío posar mis ojos en su lectura, no quería incomodarla –replica.
-No, por favor, ya lo he leído, ¿vió la concentración de trabajadores en los trenes? pasa usualmente, es un trabajo esto de andar posando la vista en esa gente, que va y que viene y uno intenta dilucidar cuando encuentra…
-Está bien, gracias por el diario, lo leeré. ¿Usted baja en estación…?
-¿Sabe? No tenía estación, solo había subido para… bueno, usted sabe, escribrir es una rutina usual, hurgar en la ciudad en busca de miradas sobre los diarios y las letras para luego… Bueno, ¿usted donde baja?
-Podríamos hacerlo aquí, hay una buena confitería cerca.

Se cierran las puertas. Pasa otra estación y veo entre su mochila una suerte de escritos. Hago un ademán de bajar y el también se para. Me sigue, sigiloso. Subo las escaleras, no las mecánicas sino las solitarias, en búsqueda de alguien que tome la misma elección.
Escucho sus pasos en la lejanía, sigilosos, pensando si él quizás…

Quizás él no me dejó bajar y esfumarme en la ciudad, cuando oyó que yo escribía, sellando la boca para replicar “Yo también”. Lo curioso es que lo había escrito, el con cabellos castaños y ojos profundamente negros, solitarios, eligiendo las escaleras desnudas a diario en el trascurso de recorrer la ciudad en búsqueda de letras que lo relaten.

Salgo, lo pierdo de vista o quizás solo dejo de escuchar esos pasos. Busco rápidamente un café cercano para escribir esto, escribirlo a él para que alguna vez lo sepa.
Me ubico en la mesa más lejana, aquella que sé que estará vacía casi a diario, ocupada solo por ocasionales amateurs de la escritura que sellan sus impresiones de un momento, cuando husmean el aroma a café lejano y piden uno para sí mismos, ocupando su tiempo en las letras y de repente la mochila que se ve a un costado, sola.

Quizás haya ido al toilette, pienso. Quizás no debería pero… Me acerco y recuerdo esa mochila y no estoy demasiado segura pero se parece. Debería de haber preguntado un nombre, porque es similar a la mía pero en colores masculinos y fríamente calculada en su presición de comenzar mi taquicardia y el nerviosismo de esa misma mochila qué… No debería. Me rehuso pero veo esos papeles escapar cual senos rebosantes en un escote haciendo una llamada sigilosa y, también, premeditada. Me apresuro a tomar los papeles sin que nadie observe mis movimientos.

La mesita de al lado.

Los pongo contra mis manos, los tomo como poseyéndolos, temerosa de leer entonces una fecha.
Hoy 24 de Mayo y ese escrito es del 24 de Abril.
“Una señorita pelirroja leía el diario y él posaba sus ojos sin querer decirle que la había pensado, entre la gente que va viniendo y yéndose de un momento a otro por esos subtes de 0.70, que podría haberse llamado Adriana y nunca le pregunté el nombre y de repente era ella, sentada leyendo La Razón, con su tono cordial e indiferente pero sus pensamientos posados en el autor de este relato sin saber de este relato, con sus ojos profúndamente negros y el maquillaje fuerte, la ropa negra y roja y los zapatos charolados que deslumbran esas piernas cruzadas y los papeles sobre sus piernas mientras que el autor sabe que es ella la que leerá luego su relato para enterarse de que fue escrita antes de conocerla, en una mochila misteriosa sin nombre, sin autor de este silencio de saberse pensada desde antes, encontrada y abandonada así como lo fue quién escribe este relato. Las traiciones que se pagan con traiciones y los genios que dejamos pasar a diario, pero quizás ahora solo le quede la profunda tristeza de unos papeles desnudos de autor, para escribirme e imortalizarme así como yo la inmortalicé y recordar mis palabras tatuadas ahora en su mente, para irse sin haber terminado este café, sin haber terminado esa conversación, sin haberme conocido nunca”

Dejo la hoja y leo el relato sobre la otra mujer, de cabellos obscuros y ojos enormes, redactando alguna cosa obscura y… me levanto, hago ademanes rápidos de encontrar al dueño de la mochila apoyada en la mesa de al lado.

-Mozo! La cuenta y digamé quién es aquel que se sentó a mi lado y… -le digo casi en súplicas.

-3.70$ me dice. ¿Lo pregunta por esa mochila? No había reparado en ella. ¿Le pertenece? –me dice

-Compunjida por no haberle preguntado al nombre, replico que sí, que es mía, que siempre lo fue desde que este relato comenzó –le digo.

-Muy bien señorita, aquí tiene su vuelto –dice con su señoral voz.

Subo. Voy al baño. Busco.
Recorro las calles otra vez, en búsqueda de aquél que podría haberse llamado Julio pero nació luego bajo otro nombre, vuelvo al subte y suplico a la ciudad no bajarme en la estación equivocada.

Los vagones vacíos y la gente leyendo sus diarios. Poso la mirada sobre aquella mujer que lee La Razón a mi lado.

-Disculpe, ¿por casualidad usted se olvidó una mochila violeta? –me dice.
-Yo…
-La he estado observando escribir durante varias estaciones, hasta que se topó con un hombre que llevaba una mochila similar a la suya, y bajó. Yo solo estaba viajando estación por estación, en búsqueda de alguien qué y quizás…
-Yo me bajo aquí –replico.

Y le dejo, le dejo la mochila porque sé que ella quizás se llamaba Virginia, lo sé por sus cabellos rubio ceniza y por este relato dentro de la mochila que leerá para arrepentirse por no haberme seguido, por ese corruptor aire de intromisión que me agradó ligeramente, para que alguna vez lea este relato y se lea a sí misma y esté en un 0.70 y no deje bajar a aquel que, ya sabé, se impregnará en la duda de qué habría pasado si tan solo tomaba un café.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Crónica de una muerte soñada

… no es una crónica detallada de los acontecimientos, no, señor oficial, es sencillamente un sueño, que si no hubiera llamado nunca para contarlo ahora, no, usted no comprende, no fue una amenaza ni mucho menos, nada que ver con lo que usted piensa, no, por favor, le juro que soy inocente, ella fue quién cometió el crimen, yo solo, yo… no. Está bien. Soy culpable… sí. Dejelá, solo eso. Dejelá que llore en la almohada sola…

Suena el despertador a las 9:30 a.m.

Me levanto sudada, agitada por el suceso. Parecería que nunca fuera a darse cuando se da. Es siempre la misma historia, una posa su cabello en la almohada y esos pelos se enmarañan rebuscando la escena.
La quiero llamar para contarle urgente. Quiero oir su voz y cercionarme de que solo es esto, todo fruto de mi imaginación, todo cuestión de alguna cosa pasajera, nada premonitorio, que esto no es usual, que no es siempre la misma historia y nada más, porque otra vez los medios dirán en el noticero de mañana que se sospecha por una llamada y creen que… creen que todo fue premeditado, que yo fui la que rompió los límites de la cordura y no, mi amor, nada que ver, yo sé que no hay nada criminal acá, que solo fue un error temporal de tus manos.

Me levanto y me visto suavemente, meticulosa en mis movimientos que quizás cambien la historia para culpabilizarme. Sin duda la culpable, eso te callaste ayer por la noche, que si yo te descubriera vos ibas a… y no, sabés que no quiero, sabés que no sucedería porque solamente es un sueño, como cualquier otro, como ponerme ahora los zapatos taco aguja y salir a hacer un poco de ruido en tu mente, para susurrarte una vez más que seguís siendo mía a pesar de todo y las rejas.

La llave en la puerta, salir para quizás no volver e ir a un locutorio a preguntarte, que lo confirmes o no lo confirmes. Qué confirmes esto o lo otro. Lo que vos decidas, la historia es tuya, sos la que la escribe en los besos y los senos de ella o la que la calla y ahí la culpa.

Camino recto por esta cuadra, dudo unos insantes antes de cruzar en frente. Pero lo hago. Cruzo. Teléfono.

Suena una vez. Un timbre pero no el de tu voz. Vuelve a sonar, dos, tres, cuatro, contestadora.

-Habla Milena, ahora no puedo atenderte, por favor… -oigo.

Por favor respondé y decime que no, que no es así, que yo ya sabía que vos y ella pero vos sencillamente preferís ocultarlo. Milena, dale, respondé carajo.

-… dejá tu mensaje, te responderé a la brevedad –es el fin.

Respiro hondo y te cuento.

-Milena, ayer soñé que te llamaba y oía tu contestadora mientras veía más allá, tus manos en las de ella, tus dedos sobre su humedad, sus senos rebosantes en tus labios, los labios que me dan el sí para luego voltear negruzcos en el engaño, para dejarme en la soledad de mi casa sin todas esas promesas que ahora estás quebrando. Me oís. Parás. Ella quiere tomar el teléfono y decírmelo pero vos te negás. Ahora tus uñas raspan sus brazos, forcejeando para que ella no me toque las palabras, para mantener el inmaculado silencio del engaño y luego volver al pecado, pero ella insiste, mientras tomás de la mesa de luz una cuerda y la ponés por entre su cuello, quién sabrá que querías hacer, quizás volvés al pecado original, quizás pecar esta vez en serio, para callar sus amenazas de corromper nuestra perfección, para silenciar su histeria femenina y dejarla de una vez por todas, sus amenazas de amante frustrada, el lugar que quiere ocultar, su última amenaza de que va a matarme algún día. Pero vos me amás de esa manera tan pródiga que ahora me protegés, entretejiendo esa soga entre su cuello, oprimiendo más y más mientras ella entreabre la boca entre la falta de oxígeno y el placer, mientras vuelven a andar solas, para que vos la alejes de este teléfono en este momento, para que yo vaya luego, con las manos enfundadas en sangre, con el odio hirviendo entre mis venas porque corrompe nuestros códigos, se esconde detrás de tu sucia miseria de la mentira, destrás de esa falta de respeto a mi persona. Te juro Milena, que la quiero matar yo también –escucho el bip.

Corto.

Ojalá se pudiera borrar el mensaje a tiempo.

Ahora ya lo sé. Los ojos desorbitados, el cuerpo impávido, una soga sucia tirada al costado de algún callejón lejano. Milena lavándose sus manos decorosas, pasando esa agua cristalina por las manos que amo y los dedos que podrían estar tras las rejas pero no permitiré que ensucien su nombre.

No, milena, no. Volvía a suplicar anoche. Por favor, hablame, decime que no, mi amor. Volvía a suplicar.

Vuelvo a marcar el número. Ahora está desconectado el teléfono, ahora ya el pasado que era futuro se convirtió en presente. El pasado forjó al presente del modo más aterrador. Leyó mis labios mientras le hablaba a la distancia sus actos, como si la conocería demasiado, como si todos estos años no hubieran sido en vano y sus ojitos melancólicos no pudieran acaecer al pecado tan facilmente, pero menos fácil es una confesión.

Empuño mis manos. Tomo un taxi. Suena el celular.

Su respiración entrecortada.

Le digo que no se preocupe, que ahora yo veré sus ojitos desorbitados para tenerle lástima, que ella vaya a tomar un buen licor mientras que las rejas relatan el final del sueño y ya sé que decirle al oficial, entre la duda de mi inocencia callaré que te amo tanto como para tener la culpa de perdonarte y dejarte sola llorándole a la almohada y culpándola por haberlo soñado.

viernes, 18 de mayo de 2007

Total eclipse of the letters.

Un buen libro se lee a la luz de la luna.
Especialmente ella, que sabe que cuando sueña la refleja y escribe lo que va a leer.

Un punto, después de una de esas reflexiones qué muy bien no entiende.
-Hace mucho que no te veo –le dice.
-¿Será llena? –le pregunta.

Un punto, otro punto y otra vez al encuentro con la almohada, refljeándose en esa luz que es ajena, en esa luz que ilumina el sopor onírico, esos lugares que están en otro lugar del imaginario que dejará de ser imaginario años después.
Como incomprendido ahora, la luna que la refleja y no ve. Ahora no puede ver lo que verá, o lo verá como…
-Quiero ir al cine –dice, entre sus balbuceos caprichosos cotideanos.

Algo mullido la invita a pasar.
-Pase, señorita –Sofía para usted, replica.
Y pasa y se pregunta si quizás esto también será un sueño, escribir sobre un sueño, porque, porque…

-Soñar es como escribir, ¿vió? Como conversar contra nuestro reflejo omnibulando la conciencia y despertándola de a poco, como el humo del primer cigarro, entrando despacio por la puerta del cine, que no se puede ver cada noche, no hay libertad, no la hay –le dice.

¿A quién le dice?
Quizás vuelva a repetir esta conversación o quizás esté sucediendo, en este momento o en otro momento de otra persona. Por eso luego lee y se sorprende de leer sus palabras en boca de otro.

-¡Maldita sea! Alguien lo penso antes… -dice compungida.
-Pero es el conciente colectivo –le responde tranquilizándola, con una mano en su mejilla, como si comprendiera más que ella que no comprende lo que otros tampoco comprenden.

Comienzan a caer las lágrimas por sus mejillas. Repite el discurso que fue de otro, la filosofía ajena que ahora es de todos y ella la pensó antes de pensarla.

Él, le da un pañuelo. Un pañuelo que se empieza a endurecer y toma formas, se alinea, se dobla mientras ella lo desdobla y lee: No hay diagnóstico.

Mira a los astros. Piensa en los viajeros que también los miraron y pensaron en ella pensándolos.

-Sofía, basta de lo mismo –le dice él.

Pero ella sigue, entre lágrimas que dejan de ser lágrimas, personas que dejan de ser cocodrilos y ahora son escritores, que escriben lo antes pensado, que piensan lo que vendrán a pensar otros, que leen lo que otros leerán sorprendidos, de haberle dicho a Sofía basta, basta de viajes, volvé a poner los pies sobre la tierra de una vez.

Le dicen.

Y escriben un punto, quedando eclipsados para siempre entre estas letras, cuando no ven los astros, cuando no ven la luna, cuando ellos más bien los observan, como riendo de a poco, como volviendo a lo mismo,

Como otra vuelta de tuerca.

Punto.